Martes, 19 de Enero de 2021

12

Miércoles, 13 de Enero de 2021

Sin duda, muchos de ustedes han visto la película Doce hombres sin piedad que reproducía las deliberaciones de un jurado acerca de la culpabilidad de un muchacho acusado de homicidio.  Protagonizada por Henry Fonda, basada en un texto de Reginald Ross, la película – que, inicialmente, iba a ser un telefilm – se convirtió, merecidamente, en un clásico.  En España, el texto se hizo conocido gracias a una adaptación genial para Estudio 1 que llevó a cabo Gustavo Pérez Puig y que interpretaron, entre otros, José María Rodero y José Bodalo.  Aquella representación marcó un hito en la historia de la televisión española y puedo dar fe – yo era entonces un niño – de que, al día siguiente, la gente iba en el metro hablando sobre el tema, entre otras razones, porque la obra ponía en cuestión la pena de muerte y en España, existía y se aplicaba.  Años después, trabé amistad con Gustavo Pérez Puig que me contó episodios de aquella realización maestra.  Me dijo, por ejemplo, que con los actores de la época habría podido formar otro reparto tan magnífico como el que apareció en TVE, pero que, años después, cuando le pidieron que volviera a filmarla se encontró con que esos doce actores ya no le salían.  En apenas una generación, el superávit de grandes actores había dado paso a una galería de mediocridades.

Doce hombres sin piedad daría lugar a distintas adaptaciones incluida una india que situaba la acción casi, casi a orillas del Ganges.  Con todo, a mi juicio, la mejor es 12, una película dirigida e interpretada por Nikita Mijalkov, uno de mis directores cinematográficos preferidos. Mijalkov ha conservado el esqueleto del tema.  Aparece un muchacho que, supuestamente, ha dado muerte a su padrastro a puñaladas, el jurado tiene que reunirse para decidir su destino y las tensiones entre los presentes no tardan en dispararse.  Sin embargo, la película de Mijalkov va mucho, muchísimo más allá de una adaptación.  Los jurados nos van descubriendo poco a poco lo que es la Rusia posterior al colapso de la Unión soviética.  El enriquecido empresario de los medios, el enterrador de un cementerio que estafa al prójimo, el checheno emigrado a la capital… todos ellos son tipos humanos con historias propias que superan con mucho el texto original de Reginald Ross porque son un guion personalísimo y humano de Mijalkov.  También ponen de manifiesto una cosmovisión diferente.  Ross planteaba la historia, la llevaba a momentos de tensión extraordinarios y la cerraba con una nota de fe en las instituciones y de fe en el ser humano por no decir en la misma Providencia. Mijalkov nos lleva hasta las limitaciones más claras y escandalosas de nuestra personalidad, pero, en medio del estiercol, saca diamantes porque, muchas veces, es así la conducta humana.  Ross es el Hollywood maravilloso de aquella época; Mijalkov es Dostoyévsky, Chéjov, Tólstoi, incluso Gógol.  Les recomiendo que vean 12.  Es una película más larga que su modelo original porque cuenta muchas más cosas y, todavía más que la primera, obliga a verla varias veces y a reflexionar especialmente en aquellas naciones que, como España o buena parte de Hispanoamérica, no parece que encuentren un camino de salida a sus males.  De momento, les dejó la extraordinaria adaptación del texto que realizó en su día el malogrado y recordado Gustavo Pérez Puig.

Y aquí está el video

 

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