Martes, 23 de Abril de 2024

(CXXXI): El nacimiento de la izquierda y de los nacionalismos (V): La iglesia católica, paridora de nacionalismos (I)

Viernes, 23 de Febrero de 2024

La izquierda iría desarrollándose a lo largo del siglo XX como una amenaza para el régimen de la Restauración en paralelo al desarrollo de dos movimientos que iban a impedir el avance del sistema a su democratización y, de manera muy especial, su articulación como nación de ciudadanos libres e iguales.  Su papel sería semejante al carlismo durante el siglo XIX – a decir verdad, sociológicamente procedían de él – en la medida en que fueron articulados por la iglesia católica, pretendían el mantenimiento de privilegios regionales incompatibles con un estado moderno y constituían un freno, cuando no una auténtica imposibilidad, para que en España existiera un estado independiente que, en un momento dado, decidiera acabar con las prebendas de castas privilegiadas como la iglesia católica.  No constituye en absoluto la menor exageración afirmar que sin ella ninguno de los dos nacionalismos habría surgido jamás ni tampoco, una vez nacido, habría tenido la menor posibilidad de desarrollarse más allá de lo anecdótico.  A día de hoy, todavía apoyados por la misma iglesia católica que ocasionó su nacimiento, continúan ejerciendo el mismo papel de obstaculización nacional que en el momento en que tuvo lugar su fundación.       

No deja de ser significativo que el primer indicio histórico de catalanismo que nos ha llegado estuviera vinculado con una visión, presuntamente, experimentada por un sacerdote, el carmelita Francesc Palau i Quer (1811-1872).  El padre Palau i Quer, fundador de dos congregaciones de misioneros, se adhirió al carlismo, como la aplastante mayoría del clero español, en el curso de la primera guerra civil provocada por este movimiento.  La amarga derrota militar le impulsó a buscar otras maneras de someter a la población a la visión católica entre las que se incluyeron la penitencia, las misiones populares y los exorcismos[1].  Según su propio testimonio, precisamente, cuando predicaba en una misión popular en el Bajo Llobregat, el 24 de enero de 1865, vio una sombra a su lado que se le presentó diciendo:  “yo soy Cataluña la católica”.  A la pregunta del padre Palau de si era “La Iglesia en Cataluña”, la sombra le respondió: “La misma”.  Por si quedar alguna duda de lo que tenía ante si, la aparición le confirmó al sacerdote:  “Yo soy la Iglesia santa de Cataluña quien te habla por María, Madre de Dios”[2] 

Las visiones del sacerdote catalán no concluyeron ahí.  Al día siguiente, en el mismo lugar, según afirmó, “vi sentada sobre los muros una joven cuya gloria ofuscaba la luz del sol”.  Cuando el padre Palau preguntó quién era, la muchacha respondió que “Cataluña”.  Al insistir el clérigo en si era “la iglesia santa”, la joven le dio una respuesta afirmativa.  Preguntada por una prueba de que lo que decía era cierto, la aparición dijo: “¿Acaso una nación no es una cosa real, distinta del individuo?”.  La pregunta – retórica donde las haya – constituía toda una declaración de principios: Cataluña era una nación, se identificaba con la iglesia católica y estaba por encima del individuo.   

 



[1]  H. Raguer, Ser independentista no és cap pecat.  L´esglesia i el nacionalisme català, Barcelona, 2012. 

[2]  Francisco Palau y Quer, Mis relaciones con la Iglesia, Roma, 1977, p. 149. 

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