Martes, 19 de Enero de 2021

Regreso a Washington (III): del Smithsonian al museo del espía

Martes, 12 de Julio de 2016

No es que quiera ser reiterativo, pero hoy tengo que volver a hablar de museos washingtonianos. Uno de ellos gratuito y otro, accesible gracias a una pequeña cantidad. El primero es el Smithsonian dedicado a los indios americanos. Sobre la cuestión de los indios en España siempre ha existido la inmersión en una nebulosa de falsedad.

Los términos de esa leyenda son terribles. En primer lugar, los españoles llegaron al continente americano derramando sólo beneficios sobre las poblaciones indígenas. Tuvieron a bien mezclarse con ellas, les entregaron el Evangelio y los cubrieron de bendiciones. En segundo lugar, se afirmaba que en el norte, los anglosajones se habían dedicado al exterminio sistemático de los indios de tal manera que ya no quedan en el territorio nacional. Ni que decir tiene que esa visión de la Historia es falaz, interesada y de pésimas consecuencias.

Los conquistadores españoles no llegaron al Nuevo Mundo repartiendo caramelos. Querían enriquecerse y no tenían, al respecto, escrúpulo alguno. Esclavizaron a los indios, trajeron esclavos negros cuando vieron que los indígenas soportaban mal la servidumbre, violaron a las indias – una vergüenza que incluso los escasos clérigos que defendieron a los indígenas callaron – y, sobre todo, establecieron un modelo social, casi podría decir que espiritual, cuyas pésimas consecuencias llegan hasta hoy. La suya fue una cultura de conquista y reparto entre las mesnadas y de negación de la supremacía de la ley y establecimiento de castas privilegiadas. A inicios del siglo XXI siguen ahí. De paso aniquilaron imperios extraordinarios, impusieron a sangre y fuego el catolicismo – hubo indios que dijeron que deseaban ir al infierno en la esperanza de no encontrar allí frailes ni conquistadores – y ni siquiera supieron aprovechar racionalmente los metales de las Indias porque lo malgastaron convertidos en espada de la Contrarreforma a la que no se le agradeció nada. El colapso demográfico de los indígenas – desaparecieron etnias enteras – fue pavoroso y sólo comenzó a revertirse ya a finales del siglo XIX o inicios del XX. Esa es la realidad y una de las pruebas es que la leyenda dorada, a la vez, alaba a fray Bartolomé de las Casas como defensor de los indígenas y lo condena por haber, supuestamente, mentido. Semejante conducta es absurda. O Las Casas dijo la verdad y es digno de alabanza, pero la leyenda dorada es más falsa que un euro de madera o mintió como un psicótico y no hay nada que alabar porque no hubo abusos como los que él relató.

En contraste, el Smithsonian ofrece un panorama extraordinariamente ecuánime al narrar la Historia de los indígenas americanos y lo que para ellos significó la llegada del hombre blanco. En una de sus plantas, se rinde homenaje a una serie de culturas indígenas que van de los mayas o los incas a pobladores del norte como los sioux. No he visto en ninguna nación una disposición tan adecuada, tan sólida científicamente, ni tan conmovedora como esa. El respeto, la exactitud, incluso el primor con que están diseñadas las salas es verdaderamente envidiable.

No menos interesante es la sección del museo dedicada a los tratados suscritos entre el gobierno americano y las tribus indígenas. A diferencia de lo que sucedía en el sur y el centro del continente, los ingleses no tenían interés alguno en conquistar naciones, en someter a los indios a la esclavitud o en imponerles una religión. Deseaban colonizar y comerciar. Firmaron tratados – algo desconocido al sur – porque pensaban que era el instrumento adecuado para las relaciones entre naciones y otorgando a las tribus la misma categoría diplomática que a Francia, España o Prusia. En algunos casos, esos tratados se respetaron meticulosamente por ambas partes. Fue el caso del suscrito entre los cuáqueros de Pennsylvania y los indios que les vendieron las tierras. Aunque fue verbal, se cumplió con absoluta integridad. En otros casos, los tratados fueron respetados por un tiempo. Establecían alianzas militares, pactos de no agresión, acuerdos de colaboración mutua entre los ingleses, primero, y los americanos después y los indígenas. En términos generales, no fueron más o menos respetados que otros tratados entre potencias europeas. También como en el caso de las naciones europeas, los quebrantamientos tuvieron lugar por ambas partes aunque una población blanca que no dejaba de crecer estaba destinada a prevalecer. Y sí, también hubo atrocidades bélicas por ambas partes que afectaron a inocentes.

Sin embargo, el principio de legalidad siguió vigente. Incluso cuando los indios se fueron viendo empujados en la marcha hacia el oeste siempre se les concedió la ocupación de extensos territorios e incluso se gastaron sumas muy elevadas en intentar que se adaptaran a una civilización que no era la suya. El proceso generó no pocos traumas. Pasar de ser cazadores seminomadas a agricultores y artesanos no fue sencillo y cuando se pretendió además que aceptaran una educación hubo no pocos dramas. Porque la intención de los norteamericanos no eran mantenerlos aparte como en el centro y el sur del continente sino integrarlos totalmente en la nueva sociedad. En algunos casos, la tarea dio sus frutos y esos indios pasaron a ser profesionales y héroes de guerra; en otros, no resultó tan sencillo. Sin embargo, Estados Unidos no quebrantó un solo tratado ya en el siglo XX y las antiguas tribus se encontraron así con una serie de beneficios excepcionales. Los apaches o los mikosuquis pudieron levantar casinos, estaciones de esquí o explotaciones turísticas en sus tierras porque éstas eran territorio de naciones soberanas. No sólo eso. Además de verse libres de pagar impuestos y de poder atraer a multitud de visitantes sin que les costara un céntimo en tasas, las distintas tribus pudieron hacer valer ante el tribunal de Estados Unidos sus pretensiones obteniendo una victoria judicial tras otra. A día de hoy no son pocos los jefes que reconocen que semejante situación se la deben directamente a los tratados suscritos por Estados Unidos y que las sucesivas administraciones han respetado. Incluso el talento de algunas tribus les ha permitido crear emporios económicos. Ni en Bolivia, ni en Perú, ni en México – no digamos ya en Cuba, Puerto Rico o Argentina donde se exterminó a toda la población indígena – se puede decir que haya algo que se parezca ni de lejos. Todo ello se puede contemplar en el Smithsonian donde incluso se exponen documentales – una con la voz de Robert Redford – que relatan todo con una objetividad exquisita reconociendo lo malo sin tapujos y mostrando lo bueno sin triunfalismo. Naturalmente, en España podemos seguir empeñados en creer mentiras de siglos. Quizá tenga lógica. Hollywood relató hace mucho la tragedia de distintas tribus cayendo incluso en ocasiones en una visión idealizada de los pieles rojas. España no lo ha hecho jamás y ha preferido seguir alimentándose de la falsedad. Graves consecuencias se derivan de seguir el sendero del reconocimiento de la verdad aunque sea dolorosa o el de seguir repitiendo mentiras. Iba yo hablar hoy del museo del espía, pero creo que tendrá que quedar para otro día.

 

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