Lucas, un evangelio universal (XLI): La necesidad de responder con rapidez (16: 1-15)

Domingo, 9 de Mayo de 2021

El cristianismo lleva casi veinte siglos de andadura y la idea de que pueda exigir una respuesta lo más rápida posible resulta inconcebible para muchos.  Es algo que está ahí aunque en ocasiones se confunda con una religión que ya poco se parece a la enseñanza de Jesús o con una estructura dedicada fundamentalmente a amasar poder y fortuna, y no entra en cabeza humana que haya que movilizarse con celeridad.  Sin embargo, tanto la enseñanza de Jesús como la de sus primeros discípulos rebosa de esa noción de la necesidad ineludible de responder YA a la llamada.  Es el caso de esta parábola que suele ser malentendida, malinterpretada y mal aplicada.  La historia es sencilla.  Un hombre rico tenía un administrador y un día le comunicaron que su administrador se quedaba con sus bienes (16: 1).  Yo nunca he sido rico, pero, en cierta ocasión, descubrí que mi administrador era un sinvergüenza y un ladrón y me agradó bien poco, la verdad sea dicha. La reacción del amo fue la normal e incluso se podría decir que resultó hasta generosa.  Convocó a su mayordomo y le pidió que ajustara cuentas porque no seguiría trabajando para él (16: 2).  Teniendo en cuenta que debería haber terminado en la cárcel, hay que reconocer que pudo salir peor parado. 

Ante esa situación, seguramente, inesperada, el mayordomo reaccionó con enorme rapidez.  Sin empleo, las únicas salidas aparentes eran abrir zanjas – algo que no podía hacer posiblemente porque ya estaba entrado en años – o ponerse a pedir lo que lo mataría de vergüenza (16: 3).  Fue así como llegó a la conclusión de lo que iba a hacer con la mayor rapidez.  Fue echando mano de las deudas de su amo y convocando a los deudores para reducírselas.  ¿Qué alguien debía a su empleador cien barriles?  Pues a partir de ahora, por obra y gracia del mayordomo ladrón, le debería la mitad (16: 4).  ¿Qué alguien debía cien medidas de trigo?  Pues le haría una rebaja del veinte por cien (16: 5).  Había captado que rebajando deudas recibiría algún beneficio de los deudores.  Aquel hombre no tenía honradez ni vergüenza, pero sí una capacidad de reacción impresionante.  Tanta que causó la admiración del amo (16: 8) por su rapidez para enfrentarse con la situación y la celeridad en solucionarla.  Frente a sí tuvo una situación dramática y no se quedó dormido lamentándola sino que supo reaccionar.

Debería esperarse que así de rápido actuaran otros en relación con el Reino, pero no es eso lo que sucede y no sucede porque, entre otras causas, el dinero tira de ellos para no tomar partido por el Reino.  El versículo 9 ha sido interpretado de manera torcida una y otra vez para justificar las riquezas mal habidas que se pueden utilizar en beneficio propio.  Según esa interpretación, no es importante que sean mal habidas si se destinan a ganar amigos necesarios o a dotar económicamente a instancias religiosas (16: 9).  Y, sin embargo, no es eso lo que Jesús está diciendo porque ni anima a obtener ganancias deshonestas ni a emplearlas en beneficio propio.  Por el contrario, enseña a reaccionar con rapidez ante la llamada del Reino, con la misma velocidad que aquel bergante de mayordomo que fue mucho más listo que muchos que se consideran creyentes a la hora de resolver una dificultad  (16: 10).  Pero además Jesús deja de manifiesto que poco o nada se puede avanzar por el camino del discípulo cuando determinadas cuestiones – como el dinero – no se solucionan.  Si alguien no sabe comportarse debidamente en relación con el dinero mal ganado, ese dinero que JAMÁS debe tocar nuestras manos, ¿cómo puede aspirar a moverse frente a situaciones mucho más serias e importantes como son las cosas del espíritu? (16: 11).  Si no se sabe tomar la decisión correcta porque implica una supuesta o real pérdida material, ¿cómo se puede esperar aspirar a ocuparse de la Verdad? (16: 12).  Bajo ningún concepto se puede servir a Dios y al dinero (16: 13).  Hay que responder ya y responder a cualquier coste.   

Como era de esperar, aquella enseñanza de Jesús molestó a los dirigentes espirituales de su tiempo que, como los de otras épocas, eran codiciosos.  Al oírlo, incluso se reían de él seguramente convencidos de que Jesús no tenía ni la menor idea del papel que el dinero debía tener en la vida de un creyente y de lo beneficioso que resultaba para la religión.  Jesús, en lugar de prometer que el dinero llegaría a camiones si lo seguían y le hacían objeto de donativos, estaba señalando que el dinero era un obstáculo para poder seguirlo y que, puestos a elegir, había que hacerlo ya y ahora entre la Verdad o las riquezas (16: 14).  Lamentablemente, aquel auditorio estaba formado no por los que saben que la justificación sólo viene de Dios y es de pura gracia sino por gente que se justificaba a si misma, que legitimaba su codicia y que se consideraban sublimes a pesar de conducirse de manera abominable (16: 15).

Ciertamente, la parábola de Jesús lanza un reto de enorme envergadura.  Enfrentado con la disyuntiva de seguir o no a Jesús, de recibir esa salvación no por méritos sino por gracia narrada en el capítulo 15, todos y cada uno de los seres humanos han de responder aquí y ahora y además hacerlo sabiendo que detrás de si deberán dejar otros cultos distintos del dirigido al único Dios verdadero. Lo ideal sería que la gente supiera dar muestras de la sagacidad que caracterizó a aquel descarado que era mayordomo de un rico y que, ante la dificultad, actuó con una rapidez fulminante.  Sin embargo, hay no poca gente que dilata dar el paso y que además lo dilata porque es consciente de que darlo alterará cuestiones tan importantes en su vida como el trato con el dinero.  Incluso hasta puede pensar que ésa es la mejor manera de actuar.  Sin embargo, Jesús llama ahora mismo a los que no han comenzado a seguirlo para que lo hagan.  También te llama a ti aunque eso signifique abandonar determinadas conductas.  ¿Cuál es tu respuesta?

CONTINUARÁ           

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