Viernes, 27 de Noviembre de 2020

Twelve angry men

Jueves, 17 de Diciembre de 2015

En 1957, Sidney Lumet dirigió Twelve Angry Men (Doce hombres airados) que, en España, se tituló Doce hombres sin piedad.

Con un guion originalmente televisivo de Reginal Rose, tuvo un éxito extraordinario al relatar un juicio por jurado en el que uno de sus miembros, encarnado por Henry Fonda, dejaba de manifiesto que, a pesar de los prejuicios, el sistema judicial norteamericano funciona. En España, la adaptación realizada por Gustavo Pérez Puig marcó un antes y un después de la Historia de la televisión. El reparto, encabezado por José María Rodero y José Bodalo, sería hoy imposible de repetir y, como me diría Gustavo Pérez Puig, cuando se rodó hubiera podido formar otro tan bueno como el que actuó. Ahora – me confesaba también él- resultaba imposible.

Las adaptaciones posteriores en distintas filmografías no han dejado de ser notables. 12, la versión rusa de Mijalkov situada en las inmediaciones de la guerra de Chechenia; la india titulada Ek Ruka Hua Faisia (Decisión pendiente) o la china de este mismo año 十二公民 (Doce ciudadanos) resultan también notables. En la película rusa, notable como todas las de Mijalkov, no existe confianza en el sistema. Por el contrario, se indica claramente que el muchacho juzgado estará más seguro en la cárcel que en la calle y, al final, hay que llevar a cabo una triquiñuela para salvar al muchacho de un mundo hostil donde ya no existe la pena capital, pero eso no significa que la muerte inicua haya sido erradicada. En la india, se pone de manifiesto el deseo de convertir en realidad la afirmación de que la república asiática es la democracia mayor del mundo, pero, a la vez, se dibuja la frustración amarga de que muchos sueños, incluido el de la no-violencia de Gandhi, no se han convertido en realidad y, previsiblemente, nunca sucederán. La china es la más cómica, pero también la más corrosiva porque arranca de la base de que la democracia occidental y las instituciones que de ella derivan son un completo disparate. Los chinos son los únicos habitantes del globo – ni siquiera los iraníes se atreven a decirlo – que no sólo desprecian la democracia occidental sino que también razonan el por qué de su desdén.

 

La misma historia – un muchacho acusado del asesinato de su padre y sometido a la resolución del jurado - a fin de cuentas, sirve para expresar visiones nacionales bien dispares. Los norteamericanos son conscientes de que pueden perpetrarse injusticias en su territorio y de que no faltan los ciudadanos cargados de prejuicios, pero, al fin y a la postre, creen que sus instituciones son ejemplares y conducirán la situación a buen puerto. Los rusos piensan que, al final, la cárcel puede ser un lugar más seguro en ciertas situaciones que las calles. Los indios proclaman sus deseos, pero conocen una realidad no tan meliflua. Los chinos se permiten ser los únicos habitantes del planeta que no sólo no creen en la democracia sino que además se complacen en proclamar que es un sistema demencial. ¿Y los españoles? ¡Ah! En aquel entonces en blanco y negro soñaban con tener lo que tenían los norteamericanos. Me temo que ahora ven que es imposible, que no se hará realidad y que todos los que intentaron alcanzar, en un sentido u otro, esa meta eran mejores y ya están muertos en su mayoría.

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