Miércoles, 27 de Enero de 2021

La propiedad de la calle (I)

Jueves, 27 de Febrero de 2014

Desde la época de la Revolución francesa en que los “enragés” - curiosamente, un término que podría traducirse por indignados – decidieron violentar las decisiones del legislativo para conducir el proceso político hacia una dictadura, la izquierda se ha creído que la calle es suya.

Pasando por alto excepciones nada desdeñables como cuando Mussolini llegó al poder porque marchó por las calles de Roma o como cuando Hitler se ocupó de que sus SA comenzaran a repartir estopa en Baviera para que luego tomaran Berlín, la progresía ha pensado durante dos siglos que cuando se controlan plazas y callejones el triunfo propio estaba asegurado. No sorprende que, en la época de las grandes movilizaciones contra el nefasto ZP, personaje como Llamazares llegara a decir sobrecogido que la derecha les estaba quitando la calle. Ahí es nada. Tras el “No a la guerra” – convertido por algún guasón en “No a la guarra” en referencia a una conocida actriz – las manifestaciones que colapsaban las arterias de Madrid eran las contrarias al pacto con ETA o a la ley de matrimonio homosexual. No sorprende que esa ocupación de las calles fuera, quizá, el único movimiento okupa que el procastrista veía con malestar. El 15-M fue como un balón de oxígeno, hinchado por los soplidos descarados de determinados medios, en esa visión mítica. Otra vez la izquierda ocupaba la calle, pensaban. En realidad, en cuanto que se acabó la permisividad de Rubalcaba, el 15-M duró menos que un pastel a la puerta de un colegio. En los últimos tiempos, parece haber quedado de manifiesto que la calle no es, precisamente, de la izquierda. Es verdad que papanatescamente se afirmó que la “primavera árabe” era el inicio de la libertad. Cayeron, Qadafi y Mubarak, pero lo que vino después fue el semi-caos o los islamistas que no se caracterizan precisamente por ser una fuerza de progreso salvo que como tal entendamos la marcha atrás en la Historia. Después vinieron las macro-manifestaciones en Venezuela, pero su protagonista – para horror de algunos profesores universitarios españoles – no fueron las masas enardecidas aclamando el chavismo sino millones de personas hartas del régimen creado por Chávez y, sobre todo, de volverse locas para poder adquirir los artículos más elementales como la leche o el papel higiénico. El remate ha sido lo sucedido en Ucrania donde, por enésima vez, los manifestantes no se caracterizaban exactamente por ser defensores de la libertad salvo que como tales estemos dispuestos a admitir a los grupos neo-nazis y antisemitas. Ignoro cómo van a denominar a este nuevo golpe con intervención internacional que ha vivido Ucrania – lo de revolución naranja ya lo usaron sin resultados positivos hace una década – pero, desde luego, no son las autodenominadas “fuerzas de progreso” las que han asaltado las arterías de Kíev. Guste o no a la izquierda, la calle no es suya. Es más. Por lo que parece, en los últimos tiempos, la calle, salvo donde rige ETA, es de cualquiera menos de la izquierda. El fenómeno no por eso resulta menos inquietante aunque del tema hablaré otro día.

 

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