Cuenta la Historia que un recluso llamado Juan y encerrado en un campo de concentración situado en la isla de Patmos experimentó una serie de visiones en las que se describía no sólo lo que iba a suceder en breve sino también lo que acontecería al final de la Historia. Fue así cómo llevó a cabo la redacción del Apocalipsis, el último libro de la Biblia, que concluía de la siguiente manera: “Martyro egó pantí to akuonti tus lógus tes profeteías to biblíu tutu. Ean tis epize epautá, epizései ho Zeós epautón tas plegás tas guegramménas en to biblio tuto. Kaí ean tis afele apo ton lógon tu bibliu tes profeteias tautes, afelei ho Zeós to meros autu apo tu xylu tes zoes, kaí tes poleos tes aguías”, lo que podría traducirse “Yo testifico a todo el que escucha las palabras de esta profecía del libro este que si alguien añade alguna cosa, Dios le añadirá las plagas descritas en este libro y si quita algo de las palabras del libro de esta profecía, Dios le quitará su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa”. Las palabras del autor del último libro de la Biblia constituían una seria advertencia. La Biblia no es un libro cualquiera. Debe tomarse en su totalidad y no resulta lícito expurgar entre sus enseñanzas para quedarse con unas y despreciar otras. De hecho, el que se permite quitar enseñanzas de la Biblia sólo puede esperar que Dios le quite la posibilidad de entrar en la ciudad santa al final de los tiempos. Leer más (+)