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Todos los caminos conducirán a Beijing

16/05/2017
Publicado en Actualidad
Decía Benavente que en la vida para tener éxito no hay que crear afectos, sino intereses. En otras palabras, para mantener fidelidades y apoyos no existe nada como encontrar unos intereses recíprocos. Si buscamos una superpotencia medularmanente benaventiana – en este aspecto, claro está - forzosamente nos toparemos con China.

Convencidos de que la hegemonía mundial caerá en su regazo en tres décadas más coincidiendo con el centenario del triunfo de la revolución comunista, China lleva practicando esa política durante todo este siglo. El último gran paso en esa senda es la nueva ruta de la seda.

Los datos, ciertamente, dan vértigo. China sumará a sus intereses a 68 naciones que reúnen poco menos de cuatro mil quinientos millones de personas y que representan más del cuarenta por ciento del Producto interior bruto del globo. De momento, ha gastado en la empresa doscientos ochenta mil millones de euros a los que se sumarán otros setecientos mil en el próximo lustro. En otras palabras, con lo que Montoro nos ha endeudado para seguir regando el dinero de los contribuyentes en favor de castas privilegiadas, China ha puesto en funcionamiento un aparato de expansión política y económica formidable.

Cuando concluya, el imperio asiático será el lugar de conclusión de infinidad de caminos. Así, un tren saldrá de Madrid y llegará a China y el petróleo de Asia fluirá por Birmania y Bengala en dirección a la super-potencia asiática. Estados Unidos no verá amenazado su consumo energético por la sencilla razón de que es autosuficiente en gas y petróleo – más todavía con el NAFTA – e incluso exporta. Sin embargo, se verá privado de un instrumento de presión política de primer orden como es el de fijar, en alianza con Arabia Saudí, el precio del petróleo. Si ese arma le ha permitido en los últimos años quebrar la economía de Venezuela y causar no poco daño a las de Rusia, México o Argentina, esa posibilidad se esfumará en el futuro. No sólo eso. La capacidad de Estados Unidos de poder influir en la política de las naciones de Asia central e incluso del Golfo pérsico se verá muy debilitada. China se ocupará de todo. Mientras Estados Unidos se desgasta en guerras exteriores que no gana – Afganistán e Irak son dos ejemplos – y que, aunque puedan ser inspiradas por gobiernos como el de Netanyahu, no favorecen sus intereses nacionales. A decir verdad, detraen importantísimas cantidades que podrían destinarse a otras finalidades. Piénsese, por ejemplo, que con lo que había costado la guerra de Irak hasta 2010, Estados Unidos habría podido pagar la sanidad de todos los que viven en su suelo durante medio siglo. Da escalofríos pensar lo que podría significar una nueva guerra en Siria o, todavía peor, en Irán.

Al cabo de dos o tres décadas de ese desangramiento, una China cada vez más fuerte desde Extremo Oriente a Madrid podría asestar el golpe definitivo a la hegemonía de Estados Unidos sustituyendo el dólar como moneda de intercambio universal por otro instrumento de cambio. ¿Imposible? Quizá, pero ¿quién habría dicho hace treinta años que China estaría donde está ahora y que su PIB superaría al de Estados Unidos?

Juzguen ustedes, pero mientras unos siguen soñando con más invasiones desastrosas, otros tejen una red de intereses que provocará que todos los caminos conduzcan a Beijing.







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