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¡También en Miami!

09/10/2017
Publicado en Actualidad
Este fin de semana pasará a la Historia de España como el de las manifestaciones en pro de la unidad nacional. Por un lado, aquellas espontaneas que se han articulado sin organización y sin coordinación, pero con enorme entusiasmo para expresar que la inmensa mayoría de los españoles está harta del nacionalismo catalán y que desea una nación unida.

Las dos afirmaciones son tan serias y chocan de una manera tan frontal con el actual sistema que no resulta sorprendente la reacción de los poderes. La manifestación más multitudinaria fue la de Madrid del sábado, pero desde las televisiones se intentó silenciarla sin ningún rebozo. ¿Cómo se podía tolerar que se manifestaran centenares de miles de españoles sin que los pastoreara un partido político, sin que los políticos pudieran robar la foto, sin que alguien sacara rédito electoral? ¡Para colmo, hablaba Abascal que pertenece a un partido sobre el que se ha tendido un manto de silencio! Ni Telemadrid – que pagamos todos – ni RTVE – que ídem de lienzo – permitieron que los ciudadanos supieran la verdad. Por allí apareció solo un político del PP con cara de despistado y al que a saber si no afearán su conducta los compañeros de partido.

Cuestión aparte era la manifestación – también gigantesca – de Barcelona. Aquí ocultar lo sucedido era más complicado porque hablaba un premio Nobel como Vargas Llosa. Había, pues, que infiltrarla y manipularla. Casi nada de lo dicho por Vargas Llosa fue retransmitido. Luego habló José – o Josep – Borrell que es del PSOE y además poco puede hacer ya. Me pareció ver a Villarejo, fiscal que ascendió con la dictadura de Franco, se cubrió de gloria con la ley de memoria histórica y ahora habla de diálogo – si alguna vez me juzgan que el fiscal sea Villarejo, por favor, que pide que se dialogue con los delincuentes y no que se los castigue – y otros más. Incluso Cristina Cifuentes que no estuvo en la manifestación de Madrid se dio su paseíto por la de Barcelona. Por supuesto, TV3 que no tiene nada que envidiar a los medios creados por el doctor Goebbels intentó desprestigiar la manifestación diciendo que estaba Falange. Ni que decir tiene que a Villarejo le puede dar un tolozón como se entere…

Les voy a ser sinceros. Tengo la absoluta seguridad de que, como en 1813, las castas privilegiadas están a ver cómo roban al sufrido pueblo español los réditos de su noble reacción de esta semana. Lo adelanto aunque hablaré más de ello en el programa del lunes por la noche: Rajoy ya está cerdeando para entregar a los nacionalistas catalanes lo que quieran siempre que se queden formalmente en España. No hace falta decir que es una traición – que lo es – es que además va a significar la destrucción de la nación – que ya no lo será – y va a implicar mayor esclavitud de los españoles a manos de las oligarquías catalanas. Por supuesto, el resto también anda buscando como sacar tajada: la Conferencia episcopal a ver si puede repetir la ayuda que prestó a ZP en los acuerdos con los asesinos de ETA y se le paga como entonces, el mundo financiero a ver si exprime más los presupuestos, los partidos políticos a ver si transforman sus mentiras en votos, los medios en busca de recibir más publicidad vendiendo la consigna del “diálogo generoso” como han dicho los obispos, los de Podemos a ver si traen Venezuela a la península Ibérica… Todos a lo suyo. No esperen de ninguna de estas instancias nada bueno. Pero a lo que iba… también en Miami, hubo manifestación a favor de España.

Estaba convocada a las 12 del domingo delante del consulado español y quince minutos antes me encontraba yo en el lugar. Llevaba gafas oscuras, pero me dio lo mismo. Los presentes se me acercaban a darme las gracias, a decir que me veían en televisión, a recordar tiempos pasados y, muy especialmente, a pedirme permiso para hacerse fotos conmigo. Por supuesto, estoy encantado de que gente de todas las edades se fotografíe conmigo. Incluso, al cabo de un rato, decido tomarme yo alguna para dejar un testimonio gráfico que aparecerá, Dios mediante, en mi página de Facebook.

Los venidos son de todas partes: andaluces y gallegos, madrileños y valencianos, vascos y extremeños… No faltan los caribeños y los hispanoamericanos que se sienten españoles aunque en su pasaporte aparezcan como cubanos o venezolanos. Catalanes, los hay, pero pocos. No me sorprende porque más de uno y más de dos de los que se han asentado en Miami lo han hecho aprovechando las prebendas del nacionalismo de izquierdas o de derechas. Alguno incluso ha intentado en este lejano lugar causarme todo el daño posible. Por mi como si se afeita. En el mismo piso superior al consulado español ante el que estamos, hay una de esas embajadas catalanas que pagan todos los españoles.

Algunos de los presentes son conocidos – el alcalde de Miami, Tomás Regalado; Alfredo Fraile, Rocío Sañudo… - pero, en general, se trata de gente anónima que lleva banderas, que se ha puesto la camiseta de la selección y que está loca por gritar ¡Viva España!. No hace falta que diga que la improvisación es innegable; que uno ha puesto el megáfono y otro, la pancarta y que no queda nada claro que haya ningún orden, pero el entusiasmo corre a raudales. En realidad, todo se sustenta sobre el amor a España.

Una señora se me acerca para pedirme que diga unas palabras. Le respondo que estaría encantado, pero que no quiero interferir en lo que hagan los organizadores – si es que los hay… - se aparta frustrada, pero lo que le he dicho es la verdad. No es cuestión de llegar allí y soltar un speech por más que me lo pida el cuerpo.

Una señora mayor se coloca a mi lado y me da una botella de agua porque me ve hablando mucho – dice ella – se lo agradezco y sigo saludando gente. Por enésima vez, me da pena que no tenga letra el himno nacional – no es causalidad, simplemente no quieren que podamos cantarlo – y que la gente se limite a gritar “¡Yo soy español, español, español!” con la música de la canción rusa Kalinka o a corear el ¡Que viva España! Sí, Manolo Escobar, que en paz descanse, se ha convertido en referente musical de estos días de patria e ilusión.

Todos, absolutamente todos, los que hablan conmigo me cuentan su ilusión de que se encierre a los golpistas catalanes, se les arranquen todas las concesiones injustas que se han hecho en cuarenta años y se cierre de una vez esa cadena miserable de estafas que pesan sobre los españoles. Como razonan sensatamente, si Puigdemont y los suyos no responden ante la ley, ¿qué autoridad moral queda para exigir a la gente que no robe, que pague impuestos o que tribute al ayuntamiento? He de decir también que no se hacen muchas ilusiones con el gobierno de Rajoy. Muchos lo ven débil y no faltan los que lo consideran cobarde e incluso traidor. Pero hoy nadie grita contra el gobierno. Sólo corean “¡Puigdemont a prisión!” con verdadero ardor.

Reconozco que, cuando acaba todo, me queda un sabor agridulce. Por un lado, es estupendo disfrutar de este clima festivo y patriótico a tantos kilómetros de mi tierra natal. Incluso la improvisación tiene su gracia. Pero, a la vez, me digo que si paseara por mi Madrid junto con gente como la que hoy se acercaba con estimulante afecto también podría toparme con podemitas o con partidarios de los nacionalismos ya que, en la capital de España, frecuentan los mismos locales y comparten mesa y mantel. Aquí, puedo caminar tranquilo por las calles porque si alguien se me acerca es siempre para decirme que le gustan mis intervenciones en televisión mientras que en España, no he sabido lo que es ir sin guardaespaldas en más de una década. Y, sin embargo, a pesar de los pesares, aunque haya sentido en mis carnes lo que es tener enfrente a las oligarquías y al aparato del estado, aunque sé lo que se experimenta al ser traicionado o al ver cómo se venden aquellos en los que confiabas, aunque la soledad sea más común que la compañía, con todo y con eso, resulta imposible dejar de amar a España, de sufrirla, de sentir cómo duele en lo más hondo del alma aunque haya un océano por medio.

Sí, también en Miami, hemos sentido a España en el corazón aunque haya mucha agua – o aire - de través.







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