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Sesenta años

2018-05-09 08:00:00
Publicado en Memorias
Si he regresado con bien de Nanjing, hoy, 9 de mayo, me encontraré en Miami, el lunes habré reanudado mis intervenciones en La Voz y estaré cumpliendo sesenta años. Se dice pronto.

No voy a presumir de peinar canas porque canas, lo que se dice canas, tengo pocas. El pelo se ha ido cayendo con el paso del tiempo y el poquísimo que me queda sobre la frente ya casi recuerda a los 300 de Leónidas, pero camino de convertirse en los siete samuráis. En cualquier caso, se trata de algo secundario. Lo importante es que los años han ido cayendo.

No voy a referir, ni siquiera de manera resumida, mi vida. Al que quiera conocerla hasta hace pocos años le sugiero que lea mi No vine para quedarme: memorias de un disidente. Allí encontrará no pocos detalles e historias aunque, como señaló en su día Roberto Centeno, haya tratado tan bien a las personas que me han hecho daño que parezco “más tierno que el día de la madre”. Lo cierto es que a no pocos ni siquiera los mencioné precisamente para evitar dejarlos mal, muy mal. Pero ahora no me voy a detener en eso.

Cuando echo la mirada hacia atrás, contemplo, con todos sus errores y equivocaciones, con todos sus pecados y faltas, con todos sus tropiezos y caídas, no pocos momentos felices de mi vida. Me vienen las imágenes de juegos infantiles, de lecturas maravillosas que me trasladaban del Puente de Vallecas a los mares del sur, de idiomas aprendidos con pasión y alegría, de películas extraordinarias en cines de barrio, de primeros besos y últimos amores, de aulas y clases, de mil y un trabajos y ocupaciones, del discurso que pronuncié el día de la graduación de mi hija y el vals que bailé con ella, de la primera vez que vi a mujeres que marcarían mi vida, de mis padres y abuelos, de mi hermano, del primer caso defendido ante un tribunal – un gitano empeñado en conducir sin carnet – de los tres únicos casos que perdí en más de diez años de ejercicio de la abogacía, de las veces que traduje al español por primera vez obras ya vertidas a otras lenguas, de las veces que tuve que mudarme y de cuando comenzó mi exilio para, más que seguramente, no regresar nunca a España, de los árboles que planté con Gala en mi jardín hace apenas unos días, de infinidad de lugares visitados en cuatro continentes… son mil y unas cosas acontecidas en seis décadas.

Al mismo tiempo que aparecen todas estas imágenes, observo una indiscutible coherencia en mi vida: la de vivir de acuerdo con la Verdad y la de defender la libertad. No ha sido tarea fácil. Recuerdo como si hubiera sido ayer cuando me convertí hace cuarenta y un años tras leer el Nuevo Testamento – especialmente la carta a los Romanos – en el texto griego original. El amor a la Verdad me impulsó entonces a abandonar el lugar en el que, espiritualmente, me encontraba y a lanzarme a un vacío que no sabía adónde podía conducirme. Lo hice sin el menor miedo y hasta con gusto porque sabía que la Verdad y, sobre todo, el Dios que la había creado no podía defraudarme. De hecho, tan entusiasmado estaba con su hallazgo que pensaba que bastaba con que la gente la conociera para que la abrazara con no menor alegría que yo. Hasta qué punto estaba equivocado quedo de manifiesto cuando, por esos días, compartí el mensaje del Evangelio con un antiguo amigo que se llamaba – supongo que se sigue llamando – Juan Antonio. Me escuchó con interés, asintió a mis argumentos y me reconoció que tenía razón. Pensaba yo que eso derivaría en su adhesión a la Verdad, pero Juan Antonio me dijo que, de momento, quería vivir la vida y que esa Verdad que reconocía no lo atraía tanto. Regresé a mi casa sumido en el mayor estupor. ¿Cómo era posible que alguien se encontrara con la Verdad, que la reconociera como tal y, sin embargo, la diera de lado? Entonces no podía entenderlo. Ahora sí.

Tal y como dice la Biblia, hay seres humanos que carecen de ese amor por la Verdad que podría encaminarlos hacia la salvación y, por lo tanto, se pierden (2 Tesalonicenses 2: 10). Esa verdad la he visto en muy numerosas ocasiones en las últimas cuatro décadas de mi vida. Naturalmente, habrá quien me diga que un cardenal o un ministro no van a permitir que la Verdad les arruine el ejercicio de su envidiado cargo. Es cierto. He conocido ministros y cardenales que tenían menos escrúpulos morales que la mayoría de los presidiarios. También estoy convencido de que si Jesús regresara a este planeta le sucedería como al Cristo de El gran inquisidor de Dostoyevsky. Los que dicen representar a Dios en la tierra le manifestarían su rechazo e incluso se reirían de sus pretensiones. Quizá no lo crucificarían como hicieron en el pasado, pero lo repudiarían, lo condenarían a la muerte civil, lo despellejarían en los medios de comunicación, lo encerrarían en un convento – como todavía se hace con ciertos disidentes – y, llegado el caso, lo recluirían en un manicomio para que no les estorbara en el ejercicio de su poder. ¡Imagínense el problema para el papa Francisco que afirma que es la cabeza de la iglesia única y verdadera y que se encontraría con un Jesús del que la Biblia dice que es la única cabeza de la iglesia (Efesios 1: 22)! Pero no sería una cuestión de la Curia o de la Santa Sede. Como hace veinte siglos, los que dicen representar a Dios en la tierra y las fuerzas políticas se aliarían para acabar con alguien que los llamaría a la conversión.

Pero no caigamos en el error de pensar que se trata de un problema limitado a políticos, a clérigos o a financieros. La mayoría de la gente carece de amor por la Verdad. Cierto, les gustaría – al menos de vez en cuando – saber si los engañan, pero aborrecen esa Verdad que les muestra que sus tradiciones, que sus prejuicios, que su religión, que sus ideas políticas son falsas. Sinceramente, no están dispuestos a que la Verdad les estropee una mentira a la que están acostumbrados y pueden reaccionar con enorme violencia ante esa posibilidad. De hecho, yo soy enormemente pesimista sobre el futuro de sociedades como la española o las hispanoamericanas porque se encuentran sumidas en mentiras desde hace siglos y, en general, tienen escaso deseo de dejar atrás la falsedad para abrazar la Verdad.

Quizá el ir siendo consciente de todo esto podría haberme convertido en alguien acomodaticio con la mentira y menos aferrado a la Verdad. En realidad, ha sucedido exactamente lo contrario. Con el paso del tiempo, he ido descubriendo que sin amor a la Verdad no existe la menor esperanza para ninguna sociedad. Es cierto que el coste, en ocasiones, es tremendo. Por ejemplo, descubres que alguien a quien has ayudado durante años y al que creías tu amigo es simplemente un miserable envidioso y acomplejado que aprovecha la primera ocasión para apuñalarte por la espalda. Por ejemplo, te vas enterando de que tu eres mucho más amigo – y has asumido muchos más riesgos – en relación con un amigo de lo que él jamás hubiera hecho estando empeñado, sobre todo, en su proyecto personal y en mantener los pesebres de la querida y de los amigos. Por ejemplo, descubres con pesar que persona que apela a altos principios espirituales, en realidad, asume con facilidad las prebendas que le brinda su capacidad para la intriga y cubre con el barniz de la hipocresía su traición a los principios. Por ejemplo, te das de manos a boca con un sujeto que ha ido tejiendo una tela de araña no en favor del colectivo al que pertenece y al que, supuestamente, defiende sino de sus intereses económicos. Por ejemplo, ante ti se despliegan algunos de los turbios manejos de una persona entregada al tráfico de influencias que acaba siendo importante ministro y, desde el poder, decide provocar tu quiebra y tu ruina hasta el final de tus días. Por ejemplo… son muchos ejemplos, sin duda, y nada garantiza que no encontraré más antes de abandonar este mundo.

Naturalmente, en un mundo donde la Verdad es vendida, perseguida, manipulada, prostituida y ocultada, lo más lógico es esperar la ruina, el acoso, el exilio e incluso la muerte si se opta por defenderla. Todo ello sin contar más que con algunos apoyos aislados porque la inmensa mayoría está encantada de escuchar la parte de Verdad que les parece ideal, pero aborrece atender a los datos de aquella otra porción que colisiona con sus prejuicios. No hay más que ver como algunos defienden a los obispos criminales que amparan a los que desean aniquilar España y encima se autoconvencen de que llevan a cabo un acto meritorio o llaman salud reproductiva a aniquilar vidas inocentes en el claustro materno.

Durante estos cuarenta y un años, he vivido abrazado a la Verdad y, sinceramente, no veo razón alguna para no continuar ese sendero durante lo que me queda de vida y junto a él la defensa de la libertad. La mentira necesita de manera indispensable utilizar la supresión de la libertad para mantenerse en el poder. La Inquisición que causó el genocidio de valdenses, cátaros o protestantes durante siglos; el horrible GULAG soviético donde perecieron millones de personas; la Gestapo que enviaba a los campos de concentración sin juicio previo; la política seguida por nacionalistas catalanes y vascos y la ideología de género han necesitado y necesitan perseguir la libertad y ahogarla porque, de otra manera, sus terribles y criminales mentiras quedan demasiado expuestas como para ser impuestas. A todo ello me he opuesto durante décadas y, por supuesto, el coste ha sido inmenso incluyendo el tener que exiliarme de un país que, muy posiblemente, no podré volver a pisar jamás a pesar de que lo amo entrañablemente.

A pesar de todo, tengo que decir que me siento dichoso. Dios salvó mi vida hace ahora cinco años cuando pude perderla en un atentado del que nadie me avisó con antelación aunque me temo que varios contaban con esa importante información. Mi salud sigue siendo razonablemente buena y me permite ganarme la vida de manera honrada e incluso realizar de manera gratuita no pocas tareas que considero que son útiles para mis semejantes. He visto crecer a mi hija en madurez y sabiduría y espero poder conocer a mis nietos y jugar con ellos en el futuro. Intento seguir siendo de bendición para los demás de distintas formas y, por encima de todo, no he dejado de comprobar cómo el Dios que me salió al encuentro hace ya muchos años no me ha dejado de Su mano un solo día, especialmente, en los momentos más dolorosos, difíciles y peligrosos. Incluso, puesto a ser caprichoso, espero disfrutar de la cosecha de naranjas y limones procedente de unos arbolitos plantados hace apenas diez días.

Sé – no lo nieguen – que mi vida se acaba. Ya pasó la mayor parte con toda seguridad e ignoro lo que puede quedar por delante, pero, con certeza, será menos de lo ya transcurrido. Para ese tiempo restante, no espero un mundo más libre ni veraz. A decir verdad, creo que todo indica que si no se producen cambios espirituales profundos asistiremos al proceso opuesto que, dicho sea de paso, comenzó hace tiempo. Sin embargo, a pesar de mi carencia de optimismo, sí anhelo – y para ello me pongo en las manos de Dios – seguir disfrutando de la brisa y del sol, del brillo de la luna y de la lluvia, de la sonrisa de los niños y de la hermosura de las mujeres, de las delicias de la lectura y de la belleza del arte. Espero también seguir siendo fiel a la Verdad, seguir defendiendo la libertad y seguir avanzando hacia la meta, la que el apóstol Pablo definió como irnos desnudando del hombre viejo e irnos vistiendo de otro nuevo que se asemeja a Jesús. Sólo si consigo avanzar en ese camino podré decir que mi vida ha tenido sentido y no ha sido un fracaso. En la continuación de esa tarea comienza hoy un nuevo año. Espero tenerlos cerca durante los próximos doce meses. God bless ya!!! ¡¡¡Que Dios los bendiga!!!







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