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Pablo, el judio de Tarso (XXXV); El segundo viaje misionero (XI): Efeso (I):  La llegada a Efeso

13/08/2017
Publicado en Pablo, el judío de Tarso
En la primavera del año 52, Pablo abandonó Corinto y acompañado por Aquila y Priscila se dirigió a Éfeso cruzando el Egeo. El viaje ha sido descrito brevemente por Lucas:

18 Mas Pablo, tras quedarse muchos días, se despidió de los hermanos, y navegó a Siria, y con él Priscila y Aquila, habiéndose rasurado la cabeza en Cencreas, porque tenía voto. 19 Y llegó a Efeso, y los dejó allí...

(Hechos 18, 18-19)

Como era habitual en Pablo, su primer paso fue encaminarse hacia la sinagoga local para compartir el mensaje del Evangelio con otros judíos. Al parecer la acogida que recibió fue positiva e incluso se le invitó a quedarse por algún tiempo, pero Pablo tenía intención de llegar a Jerusalén para celebrar una fiesta judía que pudo ser la Pascua o Pentecostés. Tras dejar a Aquila y Priscila en Éfeso, se dirigió a Cesarea. De allí pasó a Jerusalén donde saludó a la iglesia madre y se dirigió a Antioquia. Como ya vimos, la relación de Pablo con esta iglesia había sido especialmente importante en el pasado, por lo que no sorprende que permaneciera allí durante algún tiempo (Hechos 18, 19-22). Acto seguido, Pablo visitó a las comunidades que había establecido en Galacia y Frigia con la intención de confirmar a los discípulos (Hechos 18, 23). En paralelo a este recorrido paulino, iba a llegar a Éfeso un predicador cristiano de características verdaderamente peculiares. La descripción que nos proporciona la fuente lucana resulta notablemente interesante:

: 24 Llegó entonces a Efeso un judío, llamado Apolos, que era natural de Alejandría, un hombre elocuente (loguios) y con un enorme conocimiento de las Escrituras. 25 Había sido era instruído en el camino del Señor; y fervoroso de espíritu, hablaba y enseñaba diligentemente las cosas que son del Señor, enseñando solamente en el bautismo de Juan. 26 Y comenzó a hablar confiadamente en la sinagoga: al cual como oyeron Priscila y Aquila, le tomaron, y le declararon más particularmente el camino de Dios.

(Hechos 18, 24-26)

El visitante, Apolos, era un judío de Alejandría en Egipto. Lucas lo denomina “loguios”, lo que puede entenderse como elocuente, pero también como persona culta o educada, perita en la cultura griega. A ese conocimiento de la cultura clásica, Apolos sumaba el de la Biblia. Las circunstancias son bien reveladoras porque implican que el cristianismo ya se había asentado en Egipto en los años cincuenta del s. I, y que había alcanzado a sectores de cierto relieve cultural. Que hubiera empezado su asentamiento entre los judíos era – como hemos visto repetidamente – lo más natural. Pero el texto nos muestra algo más. En concreto, que existían comunidades de creyentes en Jesús que ya habían comenzado a existir antes de la experiencia pneumática de Pentecostés. Posiblemente, esos grupos comenzaron a articularse durante la vida misma de Jesús en Samaria y Palestina (Hechos 8, 5-25) y el caso de Apolos indica que trascendieron de las fronteras de Israel. Estaban convencidos de que Jesús era el mesías y el Señor, pero desconocían la experiencia espiritual que se había producido en la iglesia de Jerusalén. En cualquier caso, su entusiasmo era tan acentuado que podían enviar misioneros a lugares tan distantes como Éfeso. De manera bien significativa, su visión acerca de Jesús era la misma en todos los casos y lo único que variaba era la aceptación de un bautismo en agua sólo o la creencia adicional en una experiencia adicional relacionada con el Espíritu Santo. Esa enorme cercanía de posiciones explica que Aquila y Priscila pudieran convencerle con facilidad. Las enseñanzas paulinas – y las de la comunidad de Jerusalén, dicho sea de paso - no contradecían la que circulaba en aquellas comunidades de seguidores de Jesús que se habían formado antes de que éste fuera crucificado. Coincidían, pero, a la vez, incluían aspectos como el del bautismo en el Espíritu Santo. Apolo aceptó aquella novedad con facilidad seguramente porque podía conectarla con la promesa del Espíritu Santo descrita en el capítulo 2 del profeta Joel y, de esa manera, inició una fecunda colaboración con el grupo paulino. Como señala la fuente lucana:

27 Y, al mostrar el deseo de pasar a Acaya, los hermanos le animaron y escribieron a los discípulos para que lo recibiesen; y cuando llegó, fue de enorme provecho a los que por medio de la gracia habían creído: 28Porque con gran vehemencia convencía públicamente a los judíos, al mostrarles con las Escrituras que Jesús era el mesías.

(Hechos 18, 27-28)

Por su parte, Pablo, tras su viaje a Palestina y Siria, y confirmar a los discípulos de Galacia y Frigia, en la primavera del año 52, regresó a Éfeso por tierra. La fuente lucana se refiere a “las regiones superiores” (Hechos 19, 1) lo que hace pensar que, en lugar de tomar el camino principal por los valles del Lycus y el Meandro, viajó por una ruta situada más al norte y llegó hasta Éfeso desde el lado norte del monte Messogis, el moderno Aydin Daglari.

La provincia de Asia se había formado a partir del reino de Pérgamo que fue legado por su rey Atalo III al senado y al pueblo de Roma al morir en el año 133 a. de C.. Comprendía las regiones de Misia, Lidia, Caria, Licia y Frigia occidental. Aunque a inicios del s. VI a. de C., el territorio había sido incorporado por Creso al reino de Lidia, en 546 a. de C., fue incorporado a Persia por Ciro. Todo ello sin contar los asentamientos griegos, de origen jonio, situados en la costa que existían desde hacía siglos. Desde el 480 a. de C. – en que el rey persa Jerjes fue derrotado por los griegos – hasta la paz del rey de 387 a. de C., las ciudades griegas habían sido libres. Su nuevo sometimiento a los persas concluyó al cabo de unas décadas cuando Alejandro los liberó en 334 a. de C.. A la muerte del conquistador macedonio, la zona siguió siendo regida por distintos gobernantes griegos e incluso tras verse unida a Roma las ciudades disfrutaron de una autonomía extraordinaria.

Aunque Pérgamo era la capital de la provincia, la ciudad más importante – y el asentamientos jonio más relevante - era Éfeso. Originalmente, sus habitantes habían sido carios adoradores de la gran diosa madre de Anatolia. La llegada de los jonios no desplazó ese culto local hasta el punto de que la diosa sobre la que giraba la vida de la ciudad tenía un nombre – Artemis – que era pre-helénico. Para los griegos, Artemis era una virgen cazadora a la que se representaba con muchos pechos para acentuar los aspectos maternales. Su templo albergaba una imagen “caída del cielo” (Hechos 19, 35) lo que hace pensar quizá en un meteorito que tuviera una forma femenina.

El dominio romano no había borrado el carácter griego de las ciudades hasta tal punto que éstas formaban una confederación que recibía el nombre de koinon de Asia y cuyos representantes eran denominados asiarcas.

A finales del verano del 52, Pablo se encontraba de nuevo en Éfeso y allí permanecería casi tres años. Durante el tiempo que Pablo pasó en Éfeso, Lucas no se encontraba a su lado y, posiblemente, eso explica lo sucinta que es la narración de este período que hallamos en los Hechos. Con todo, los episodios recogidos en la fuente lucana resultan muy vividos y hacen pensar en testimonios oculares que pudieron ser recogidos por Lucas.

Lo primero que llama la atención es que Pablo encontró en Éfeso un conjunto de discípulos con una teología similar a la de Apolos. Su cristología, su soteriología eran similares a las de los otros grupos cristianos, pero sólo conocían el bautismo de agua:

1 Y sucedió que mientras Apolos estaba en Corinto, Pablo, tras recorrer las regiones superiores, llegó a Efeso, y al encontrarse a algunos discípulos, 2 les dijo: ¿Habéis recibido el Espíritu Santo después de creer? Y ellos le dijeron: ni siquiera habíamos oído que hubiera Espíritu Santo. 3 Entonces dijo: ¿En qué, pues, fuisteis bautizados? Y ellos dijeron: En el bautismo de Juan. 4 Y dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en el que había de venir después de él, es a saber, en Jesús el mesías. 5 Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. 6 Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y se pusieron a hablar en lenguas, y a profetizar. 7 Y eran en todos como unos doce hombres.

(Hechos 19, 1-7)

El texto resulta interesante no sólo porque confirma la existencia de distintas comunidades cristianas formadas antes de la muerte de Jesús con una coincidencia teológica verdaderamente notable salvo en la cuestión del bautismo, sino porque además es la única vez en toda la Biblia en que se hace referencia a un rebautismo. La cuestión resulta aún más chocante porque Apolos no fue rebautizado. Quizá la razón sea que la repetición de la experiencia pentecostal – una repetición que implicaba también el hablar en lenguas – seguía siempre un esquema de bautismo e imposición de manos, pero no se puede afirmar con seguridad.

En cualquier caso, aquel grupo de discípulos no constituía el interés principal de Pablo. Por el contrario, como había sucedido en su primera estancia, el apóstol se dirigió a la sinagoga. Durante tres meses, el apóstol pudo expresarse con absoluta libertad ante la comunidad judía. Sin embargo, como había sido habitual en otros lugares, acabó apareciendo un grupo que rechazaba la predicación paulina y que incluso se permitió vilipendiarla en público (Hechos 19, 8-9). La respuesta de Pablo, también como en otros casos, fue buscarse otro acomodo. Sacó, pues, a los discípulos de la sinagoga y se estableció en la escuela de Tiranno.

El arreglo, a pesar de todo, no dejaba de implicar un claro sacrificio no sólo para Pablo sino también para la gente que acudía a escuchar su enseñanza. Tiranno era un maestro de filosofía y, de manera comprensible, ocupaba su local en las horas más frescas del día, aquellas en que sus alumnos no corrían el peligro de verse agobiados por el calor. Hacia las 11 del mediodía, cuando el sol comenzaba a convertirse en agobiante, Tirano – y, por supuesto, sus discípulos - se marchaba a comer y dormir la siesta. Precisamente entonces era cuando Pablo llegaba a la escuela donde se quedaba hasta la cuatro de la tarde [1]. A esas alturas, llevaba a las espaldas varias horas de trabajo manual fabricando tiendas de campaña para poder mantenerse (Hechos 20, 34). Sin embargo, en lugar de ir a descansar como el resto de los efesios, Pablo comenzaba una nueva jornada, bajo un calor asfixiante, ante unos alumnos con el suficiente interés por la verdad como para soportar a su lado aquel mismo agobio. Sobre las cuatro, cuando concluía su enseñanza, el apóstol regresaba al trabajo manual hasta la puesta del sol.

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[1] El texto occidental de Hechos 19, 9 habla de “la hora quinta a la décima”, es decir, de las 11 a las 4, según nuestra manera de hablar.







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