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Pablo, el judío de Tarso (LXXVII)

2018-04-22 08:15:00
Publicado en Pablo, el judío de Tarso
De Hispania a la segunda cautividad (III): las epístolas pastorales (I): I Timoteo

Las epístolas denominadas pastorales – Tito y 1 y 2 Timoteo – forman el último grupo de cartas de Pablo. En las últimas décadas, algunos autores han sostenido la tesis de que no se trata de escritos verdaderamente paulinos sino de recortes de cartas paulinas refundidas o incluso de obras pseudoepigráficas colocadas bajo el nombre del apóstol. Estas tesis resultan dudosamente convincentes porque la verdad es que los textos abundan en referencias personales y porque tanto los conceptos como el lenguaje son claramente paulinos. A decir verdad, en términos lingüísticos, el Pablo de las pastorales se encuentra más cerca – lo que resulta muy lógico dada la cercanía cronológica – del Pablo de los Hechos que de el de sus primeros escritos.

Como ya hemos indicado antes, 2 Timoteo se escribió cuando Pablo ya estaba detenido e incluso había pasado por la prima actio de su proceso. Las otras dos cartas pastorales pertenecen a los últimos meses en libertad del apóstol. A esas alturas, tanto Tito como Timoteo habían tomado el relevo de sus actividades evangelizadoras y parece normal que Pablo deseara brindarles instrucciones de cara a un futuro que no preveía fácil a juzgar, por ejemplo, por las advertencias dadas a los ancianos de Éfeso (Hechos 20).

La primera carta a Timoteo comienza con una advertencia del apóstol contra aquellos que se pierden en la especulación y en la vanidad en lugar de llevar una vida apropiada para un discípulo de Jesús (I Timoteo 1, 3-11). La misión de Timoteo era mantener “la fe y la buena conciencia” (1, 18), de la misma manera que la de toda la congregación debía ser hacer “rogativas, oraciones, peticiones, acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos tranquila y reposadamente en toda piedad y honestidad (2, 1-2). El mandato dice mucho de un Pablo que tan sólo unos meses antes se hallaba detenido en Roma y que en breve iba a volver a sufrir un nuevo prendimiento. Sin embargo, esas oraciones por los gobernantes a fin de garantizar un futuro de paz y sosiego tenían una razón última y, en buena medida, sencilla. La misión fundamental era predicar el mensaje de salvación que arrancaba de Jesús, el mesías, el único mediador entre Dios y los hombres:

3 Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador; 4 que quiere que todos los hombres sean salvos, y que lleguen al conocimiento de la verdad. 5 porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesús el mesías, hombre 6 que se entregó a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se da testimonio a su tiempo: 7 para esto fui nombrado predicador y apóstol, (digo verdad en Cristo, no miento) y maestro de los gentiles en fe y verdad.

(I Timoteo 2, 3-7)

En esa misión de comunicar el Evangelio resultaba para Pablo esencial el comportamiento alternativo de mujeres que no se caracterizarían por el aderezo de sus cabellos o por sus joyas y vestidos, sino por la honestidad, la vergüenza y la modestia (2, 9 ss). Se trata de una de esas afirmaciones que han merecido – muy injustamente, por otra parte – a Pablo el calificativo de misógino. En realidad, el apóstol estaba demostrando tener una clara visión de futuro. Ese tipo de mujeres, las procedentes de las comunidades cristianas, iban a tener en los siglos siguientes una enorme influencia en la extensión del cristianismo por el imperio. Su vida no era fácil – tampoco lo era la de las paganas – pero tuvo una repercusión social como, seguramente, ningún colectivo de mujeres lo ha tenido jamás a lo largo de la Historia. De manera bien significativa, se trató de una influencia callada, serena y profunda.

A continuación, Pablo señalaba a Timoteo los requisitos que habían de tener los obispos y los diáconos, dos de los ministerios claramente definidos en el seno de las comunidades cristianas desde hacía décadas. El obispo a la sazón – supervisor sería la traducción más aproximada del término original – no se diferenciaba del anciano o presbítero tal y como se desprende de distintos pasajes del Nuevo Testamento como el referido al último encuentro entre Pablo y los responsables de la iglesia de Éfeso (Hechos 20). Lo común era que se tratara de un hombre casado que destacaba por su buena conducta. Algo similar sucedía con el diaconado, encargado desde sus primeros días en la comunidad de Jerusalén de tareas de administración, y accesible en aquellos primeros tiempos del cristianismo también a las mujeres:

1 PALABRA fiel es que si alguno desea ejercer el obispado, desea una buena obra. 2 Resulta conveniente, por lo tanto, que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospitalario, apto para enseñar; 3 no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino moderado, apacible, ajeno a la avaricia; 4 que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad; 5 (Porque el que no sabe gobernar su casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?) 6 no un recién convertido, no sea que cayendo en la vanidad incurra en la condenación del diablo. 7 También conviene que tenga buen testimonio de los extraños, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo. 8 Los diáconos, por su parte, tienen que ser honestos, sin duplicidad, no dados a un consumo excesivo de vino, no codiciosos de ganancias deshonestas; 9 que preserven el misterio de la fe con limpia conciencia. 10 Y éstos también sean antes sometidos a prueba; y después, si son irreprensibles, que ejerzan el diaconado. 11 Las mujeres, igualmente, que sean honestas, no dadas a la calumnia, sino sobrias y fieles en todo. 12 Los diáconos sean maridos de una sola mujer, y gobiernen bien a sus hijos y sus casas. 13 Porque los que ejercen bien el diaconado, ganan para sí un grado honroso, y mucha confianza en la fe que es en Jesús el mesías.

(I Timoteo 3, 1-13)

Pablo – como había advertido a los presbíteros de Éfeso – estaba convencido de que a no mucho tardar se produciría un fenómeno de apostasía en el seno del cristianismo, un fenómeno que tendría entre otras características la de prohibir el matrimonio u ordenar la abstención de determinados alimentos (4, 1-3). Sin embargo, esa circunstancia no le provocaba desánimo alguno. Por el contrario, ordena a Timoteo que sea un ejemplo de buena conducta (4, 6-16) y le da instrucciones sobre la manera en que había de tratar a los ancianos (5, 1-2), a los jóvenes (5, 2), a las viudas (5, 4 ss) – que ya en aquel entonces eran objeto de un cuidado especial por parte de las comunidades cristianas – al mantenimiento de los presbíteros (5, 17) y a los esclavos (6, 1-2).

De manera bien significativa, Pablo insiste en aferrarse a la enseñanza de Jesús (6, 3) y en vivir “de manera piadosa acompañada de contentamiento, porque nada hemos traído a este mundo y sin nada podremos sacar, por lo que contentémonos si tenemos comida y abrigo” (6, 6-8). En lugar de buscar la riqueza – una tarea que había llevado a no pocos a la ruina espiritual – los seguidores de Jesús debían ir en pos de “la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia y la mansedumbre” (6, 9-11). El apóstol no caía en un clasismo que rechazara a los acaudalados en el seno de la congregación – ciertamente, los defensores de algunas teologías como la de la liberación no se hubieran encontrado muy a gusto al lado de Pablo – pero sí insistía en que no podían poner su “esperanza en las riquezas, que son inseguras, sino en el Dios vivo que nos da todas las cosas en abundancia para que las disfrutemos” (6, 17-19).

El ser discípulo de Jesús no es igual que la especulación teológica o que la sofisticación intelectual. Consiste más bien en vivir siguiendo los pasos del que, tras morir en la cruz y resucitar, regresará un día, una forma de vida que exige ver las cosas de manera diferente porque la perspectiva – que no es la del mundo sino la del propio Jesús – también es diferente. Ese deseo de imbuir en los cristianos el deseo de vivir una existencia práctica y piadosa aparece resumido precisamente en los últimos versículos de la carta:

11 Mas tú, oh hombre de Dios, huye de estas cosas, y sigue la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la paciencia, la mansedumbre. 12 Pelea la buena batalla de la fe, aférrate a la vida eterna, a la que fuiste llamado, tras hacer profesión delante de muchos testigos. 13 Te ordeno delante de Dios, que da vida a todas las cosas, y de Jesús el mesías, que dio testimonio de la buena profesión ante de Poncio Pilato, 14 que guardes el mandamiento sin mancha ni reprensión, hasta la aparición de nuestro Señor Jesús el mesías: 15 la cual a su tiempo mostrará el Bienaventurado y único Soberano, el Rey de reyes,y Señor de señores… 20 Oh Timoteo, guarda lo que se te ha encomendado, evitando las discusiones profanas sobre cosas vanas, y los argumentos de la falsamente llamada ciencia: 21 La cual profesando algunos, se descarriaron de la fe. La gracia sea contigo. Amén.

(I Timoteo 6, 11-15, 20-21)

CONTINUARÁ







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