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Obediencia perfecta

2015-02-23 08:11:00
Publicado en Cine, Memorias
El episodio creo haberlo contado en alguna otra ocasión, pero es obligado recordarlo.

​Me encontraba en COPE y comencé a escuchar en la redacción la manera en que una de las personas que trabajaba en la casa desgranaba, a través del micrófono, elogios sobre Marcial Maciel, el fundador de los Legionarios de Cristo, que acababa de fallecer. Enhebraba una alabanza con otra cuando descubrí que Paloma Gómez Barrero se acercaba para decirme: “Pero ésta… ¿está loca? Pero ¿cómo se puede hablar bien de un sujeto que todo el mundo sabe que era un pedófilo?”. Las dos personas – la que hablaba y Paloma – son fieles católicas y encarnaban en ese momento dos actitudes que he visto vez tras vez en el seno de su iglesia. La primera es la de “mantenella y no enmendalla” aunque el sujeto en cuestión sea un canalla y un criminal. Es uno de los nuestros, sostiene esta actitud, y hay que defenderlo por encima de todo. La otra, más sensata, es partidaria de correr un tupido velo sobre episodios que no resultan especialmente edificantes y mucho menos beneficiosos para la imagen de la peculiar institución.

El pontificado de Juan Pablo II – sobre el que ya ha aparecido algún libro documentado y no una mera hagiografía – tuvo sombras muy densas. Una de ellas fue la conducta hacia los paidófilos a los que se acogió como refugiados en el territorio del estado Vaticano. De entre ellos, destacaría además el caso de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, una entidad que tiene una enorme relevancia en México, pero que también ha disfrutado de ella en España gracias a su relación con las altas esferas. Los documentales y libros sobre Maciel en los que aparecen testimonios de sus víctimas son muy numerosos y, en general, muy interesantes y reveladores de una realidad no por oculta menos cierta. Con todo, hoy quiero detenerme en una película mexicana que recoge con especial sensibilidad y acierto el tema.

Su título - Obediencia perfecta – revela algunas claves esenciales de lo sucedido. Aunque en la película el protagonista se llama Ángel de la Cruz y su orden son los Cruzados de Cristo, no hay que ser especialmente avispado para darse cuenta de que el retratado es Marcial Maciel y los Legionarios de Cristo. De hecho, no pocos de los episodios que aparecen son harto conocidos y están más que documentados. Sin embargo, el sacerdote protagonista – escogido para que se parezca más que notablemente a Maciel – no aparece retratado como un monstruo. Es un paidófilo, se aprovecha de un pobre muchacho que estudia en uno de sus colegios, inventa excusas para abusar sexualmente de él y, sin embargo… sin embargo, su caso – que aparece expuesto sin morbos absurdos ni concesiones demagógicas – es el de un personaje sin duda despreciable, pero también digno de conmiseración.

El sacerdote, a fin de cuentas, es un fruto directo de un sistema en el que la mentira es lícita si beneficia a la orden, en el que los fieles no pocas veces son gente supersticiosa que confunde sus intereses sociales con la buena teología, en el que el papa cierra los ojos convenientemente si le llega dinero, en el que las víctimas se someten e incluso llegan a amar al depredador porque es alguien colocado por encima en el orden jerárquico, en el que otros sacerdotes pueden transmitir la consigna del obispo es que lo importante es que no se sepa nada, pero que si se sabe mejor que el sexo ilícito sea con mujeres por eso de que la homosexualidad está peor vista y en el que, a fin de cuentas, la enseñanza del Nuevo Testamento que señala que los obispos han de ser personas casadas se ha visto sustituida por un celibato obligatorio y, por ello, inhumano.

El padre Ángel puede ser tachado de criminal y de abusador y ninguna de las acusaciones resulta falsa, pero no es menos cierto que es hijo de un sistema que, por su propia naturaleza, produce a gente así. No puede ser de otra manera porque su base no es la enseñanza de Jesús, ni la Verdad, ni el Amor ni, a decir verdad, virtud alguna digna. Su base es la obediencia perfecta, la sumisión absoluta, el sometimiento total que lleva a un niño a callarse a pesar de que un sacerdote lo somete a abusos sexuales, a un obispo a tapar cualquier inmundicia porque lo grave no es el pecado sino que se conozca y a un papa a mirar hacia otro lado porque el dinero que viene de México – o de España – no es poco. El mal ocasionado por esa obediencia debida es terrible, pero ¿quién podría negar que no pocos de los verdugos no son también víctimas del mismo sistema?







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