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Navidad, impuestos, impagos… y Josefina

21/12/2016
Publicado en Actualidad
Me contaron ayer que la Agencia tributaria está absolutamente enloquecida porque a Montoro no le salen las cuentas e intentan dar como sea con un dinero que no tienen para pagar lo que no deben como, por ejemplo, las inyecciones de miles de millones de euros para el gobierno nacionalista de Cataluña.

El desastre de esta política es evidente desde hace años y no me sorprende que Aznar haya decidido no aparecer por el congreso del PP. Su discurso hubiera tenido que incurrir en gravísimas mentiras caso de felicitar a Rajoy y es más que natural que Aznar haya preferido renunciar a la presidencia de honor del PP antes de caer en semejante vileza. A pocos días de la Navidad, me ha venido a la cabeza una época – hace casi cuarenta años – en que ejercía la abogacía y veía ya muchas de las situaciones que ahora padecemos más que nunca. En esa época, ya los impuestos eran una carga insoportable aunque nada parecido con lo que han perpetrado Rajoy y Montoro en los últimos cinco años; y había gente que hacía lo posible para no pagar – no todo va a ser la historia de Cándido y de RETAR… - pero también en Navidad, gente sencilla que había sufrido mucho como Josefina se descolgaba con detalles que te obligaban a controlar el lagrimal. Lo he contado todo en No vine para quedarme: Memorias de un disidente. Permítanme que reproduzca este fragmento aquí. Aprender no es que hayamos aprendido mucho, pero confío en que siga habiendo personas como Josefina de la que, por cierto, no he vuelto a saber. God bless ya!!! ¡¡¡Que Dios los bendiga!!!

Por lo que se refiere a los impagos, reconozco que había de todo. Por ejemplo, cuando el gobierno socialista de Felipe González comenzó a subir los impuestos de manera desaforada para cubrir los agujeros que su pésima y corrupta gestión estaba causando en las arcas del estado fui testigo de cómo amas de casa que habían acudido a mi despacho para recoger la declaración de la renta no podían evitar las lágrimas porque tenían que pagar cantidades de ocho o diez mil pesetas, es decir, cuarenta y ocho o sesenta euros. Me consta que no pocos considerarán que se trataba de cantidades ínfimas y, en términos absolutos, quizá era así, pero para aquellas frágiles economías domésticas significaba que ya no podían pagar el recibo de la luz o los zapatos de un hijo. Fue en aquel entonces cuando descubrí la enorme injusticia que significan las subidas de impuestos y cómo siempre ocasionan más mal que bien. Desde entonces no se me ha olvidado jamás, quizá porque, al mismo tiempo que aquella gente humilde sufría las consecuencias del desvalijamiento del estado perpetrado por el PSOE y sus aliados nacionalistas, el gobierno de Felipe González creaba las SICAVs, una fórmula jurídica para que los privilegiados – desde las gentes del espectáculo subvencionadas a los millonarios pasando por la iglesia católica - apenas pagaran impuestos. También tengo que decir que, en otras ocasiones, los impagos que sufrí se produjeron no por indigencia sino simplemente porque mis clientes decidieron no pagar. Recuerdo, en especial, un caso muy complejo de un joven que estaba implicado en una red de falsificación de moneda. La familia recurrió a mi acudiendo desde Barcelona para que salvara a su Manolet. Dado que venían recomendados por unas amistades, los atendí con suma diligencia. El resultado no pudo ser mejor. El tal Manolet salió de la cárcel, consiguió una condena menor y el tribunal, por si fuera poco, le recomendó un indulto que el gobierno concedió poco después. Manolet quedó encantado y lo mismo se puede decir de su familia, pero yo todavía estoy esperando que me paguen la minuta.

Sin embargo, igual que había gente especialmente ingrata y mala pagadora, también es cierto que, ocasionalmente, uno se topaba con personas agradecidas. Recuerdo el caso concreto de una señora que se llamaba Josefina que me fue asignada por el turno de oficio. La pobre mujer había sido objeto de maltratos conyugales a partir del tercer día posterior a la boda. En aquella conducta absolutamente infame habían colaborado, por añadidura y de manera convencida, las mujeres de la familia. La suegra porque le había dicho que era normal que su hijo la golpeara y la madre porque le había explicado que lo hacía porque para eso era su marido. Confieso que yo tuve que contener la emoción al escuchar aquellas palabras. Ayudé a Josefina con todo el entusiasmo del que se sabe en posesión de la justicia y de la razón. Logramos una sentencia de separación totalmente favorable, pero entonces Josefina se encontró con que su marido se había puesto en manos de unos usureros que le habían prestado dinero forzando como garantía la vivienda común de que disponían. Ahora, tras la separación, el esposo se había desentendido de los pagos y Josefina estaba a punto de verse en la calle con dos hijos menores de edad. Dado que se mantenía cosiendo pantalones en casa, la mujer no tenía la menor posibilidad de recibir ayuda por ningún lado y se encontraba desesperada. Lo que sucedió a continuación bordeó el contenido de la novela negra y pasó por un enfrentamiento mío con aquellos usureros que – ahora lo sé, pero entonces, ingenuamente, ni me lo imaginaba – pudo acabar muy mal para mi. Al fin y a la postre, Josefina logró conservar la vivienda y seguir en ella con sus hijos. No recibí yo un céntimo por mi trabajo, en parte, porque la separación la había realizado bajo los auspicios del turno de oficio; en parte, porque la historia del préstamo siniestro no me parecía de recibo cobrarla y, en parte, porque aquella mujer ya tenía que realizar bastantes juegos malabares económicamente hablando para alimentar a sus hijos como para ocuparse de saldar una minuta. Me agradeció todo con lágrimas en los ojos y durante dos o tres años, cuando ya había pasado todo más que sobradamente, Josefina siguió apareciendo por mi despacho para regalarme por Navidades una planta – por cierto, en una maceta de color rosa muy bonita – o una botella de licor. Fueron gestos, si se quiere, pequeños en términos estrictamente materiales, pero muy hermosos humanamente. Como puede verse, la gratitud no tiene mucho – si es que algo - que ver con el hecho de que una persona sea pudiente si no con la disposición de su corazón. Fue una de las lecciones sobre la naturaleza humana que aprendí ejerciendo la abogacía y de la que sólo he visto confirmaciones desde entonces. No fue, desde luego, la única enseñanza que sobre el ser humano asimilé en aquellos años.







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