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Matar a un ruiseñor

27/09/2013
Publicado en Meditación del día
Hace un par de años se realizó una encuesta entre los libreros de Estados Unidos para determinar cuál había sido la mejor novela del s. XX. Por abultada diferencia, se alzó con el galardón Matar a un ruiseñor, la única novela debida a Harper Lee, una amiga íntima de Truman Capote. Con unas ventas millonarias y una cadena de ininterrumpidas reediciones, la decisión debió sorprender a muy pocos.

​Matar a un ruiseñor constituye las supuestas memorias de una niña - que no pocos aseguran que es la autora – en torno a algunos veranos húmedos y cálidos en un pueblo de Atlanta y a unos hechos aparentemente sin trascendencia, pero que desembocarán en el proceso de un negro acusado de haber violado a una muchacha blanca. El resultado, sin embargo, es un relato terso, fresco, tierno, y, a la vez, profundamente humano. Con la inocencia que caracteriza los ojos de un niño asistimos a dramas como el racismo, la pobreza marginal, los prejuicios sociales y la enfermedad mental, pero también a virtudes como la dignidad, la decencia, la valentía y la justicia. Llevada al cine – proporcionó a Gregory Peck el único Oscar de su carrera – la novela ha sido objeto de ataques por parte de los blancos que consideran que la visión del Sur que proporciona es falsa y por parte de los negros que aseguran que sus páginas legitiman un racismo institucional. Lo cierto es que pocas veces se ha escrito un relato a la vez más típicamente sureño y más antirracista. Incluso se podría decir que es una novela cristiana porque su protagonista, el abogado viudo Atticus Finch – un trasunto del padre de la propia Harper Lee - es un fiel miembro de una iglesia evangélica del Bible Belt y sobre los principios de la Biblia educa a sus hijos. A pesar del transcurso del tiempo, el libro de Lee continua siendo una de las mejores novelas que se pueden disfrutar. Lo leí por primera vez siendo niño en una edición resumida del Reader´s Digest, luego lo volví a leer en una edición completa en español y, un verano, apuré el texto inglés que está dotado de una singular belleza. No descarto volver a leerla alguna vez más porque, de hecho, al pasar su última página, resulta inevitable sentir un regusto de nobleza y de bondad en el corazón. Se trata de esa sensación poco fácil de encontrar en la novelística actual, pero, sobre todo, es paralela a algo que la vida me ha enseñado, vez tras vez, a lo largo de las décadas. Esta existencia puede ser muy dura y también muy injusta. No pocas veces los inocentes son aniquilados de manera tan brutal e innecesaria como lo es la muerte de un ruiseñor que no hace daño a nadie. Sin embargo, no es menos cierto que siempre hay resquicio en esta para hacer el bien, para ser íntegro y para vivir de acuerdo con las enseñanzas del Evangelio. Según mis cálculos, no creo que mi paso por la tierra vaya a alargarse más de tres décadas y, por supuesto, puede ser menor, pero durante ese tiempo, no ambiciono nada más – tampoco nada menos - que esa triple meta.







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