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La Guindalera

2016-07-21 10:01:00
Publicado en Teatro
Me levanté esta mañana con malos presentimientos. No me atribuyan dotes paranormales porque lo mismo la causa pudo ser una mala digestión, pero lo cierto es que he abierto la prensa por internet y, ¡paf!, ahí estaba la noticia de que el teatro La Guindalera había cerrado.

A muchos, especialmente si viven fuera de Madrid, quizá la mención de La Guindalera no les diga mucho. Yo, sin embargo, puedo afirmar con el corazón en la mano que los focos de cultura como La Guindalera son de las pocas cosas que echo de menos en este exilio transatlántico. En no pocas ocasiones, asistí a las funciones de este teatro pequeño en dimensiones, pero inmenso en calidad y altura artística. Durante trece años, La Guindalera ha sido un referente de la escena. Juan Pastor, su director, mimaba con exquisita precisión de orfebre experto todos y cada uno de los montajes. Su esposa, Teresa, y su hija María – en mi opinión, una de las cinco mejores actrices que existen en toda España – se transformaban en cauces por los que discurría con una naturalidad sobrecogedora una selección extraordinaria de obras teatrales. Creo que sólo he visto adaptaciones comparables de Chéjov gracias a la labor extraordinaria de Ángel Gutiérrez, cuyo teatro de cámara, el Chéjov, también se vio obligado a cerrar hace ya años. No hay que ser un genio para darse cuenta de que el colapso de estos centros indispensables de cultura obedece a causas económicas. No es que la gente no acuda a ellos. A decir verdad, era muy común verlos llenos hasta la bandera. No. Es que hubo un canalla en el ministerio de Hacienda que decidió que los teatros tenían que pagar un veintiuno por ciento de IVA. Esa subida criminal del impuesto ha determinado que locales como La Guindalera pasaran de sobrevivir con una honrosa austeridad a quebrar. Me dicen que el IVA de los sexshops, sin embargo, es reducido. De ser así, ya sabemos que el corazón de algunos políticos y burócratas no se encuentra precisamente en la preservación del arte. Naturalmente, la infamia del IVA del 21 por ciento podría haberse palíado con alguna ayuda cultural, pero el dinero de ayuntamientos y CCAA se entrega en no pocas ocasiones a clientelas políticas amigas o a las que se espera ganar y no a aquellos que, en verdad, sirven a la sociedad. Las brigadas del lobby gay que en Madrid enseñarán a los niños las bondades siderales de la homosexualidad imagino que no lo harán gratis. Más valdría que ese dinero hubiera ido a centros como la tristemente clausurada Guindalera. Y, como siempre, nos encontramos con la realidad sobrecogedora de todos los días. Esta y otras noticias que describen la auténtica realidad de España no ocuparán espacio en los medios de comunicación. Si pueden ser conocidas por el gran público es gracias a los escasísimos espacios de libertad como La Voz. Si alcanzamos la meta del crowdfunding esta misma semana esa voz seguirá sonando y arrojando luz. De lo contrario… de lo contrario, quien ahora escribe estas líneas seguirá combatiendo por la Verdad y la libertad, pero el programa tendrá que cerrar. En manos de los que ahora están leyendo este post queda el contribuir a mantener una reducida ventana por la que mirar la realidad o dejar que ese espacio, perseguido desde hace años por los más diversos poderes, se vea clausurado, es decir, que corra el destino injusto de La Guindalera.







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