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La Baghavad Gita

10/01/2018
Publicado en Lecturas – y películas – recomendables
Se cuenta que Unamuno aprendió danés para poder leer en su lengua original a Kierkegaard. Lo creo. Yo mismo estudié ruso para leer a Solzhenitsyn en el idioma original y me adentré en el sánscrito para hacer lo mismo con la Baghavad Gita.

En ocasiones, incluso he pensado más de una vez en publicar una edición que reuniera la traducción y el texto original, pero siempre he sido incapaz de dar con una editorial a la que interesara el proyecto. Desde que se puso de moda en ciertos círculos occidentales durante el s. XIX, la Baghavad Gita no ha dejado de editarse y traducirse aunque su influjo haya sido muy limitado en comparación con la Biblia e incluso el Corán. La Canción del Señor – que es lo que significa – forma actualmente parte del Mahabharata, la gran epopeya india. Inicialmente, es posible que no pasara de ser el diálogo entre Arjuna y su cochero, el dios Krishna, en relación con la licitud de combatir contra familiares en el campo de batalla y darles muerte. En contra de lo que pudiera imaginar a priori un occidental, Krishna no sólo señala a Arjuna que matar a sus parientes es lícito moralmente sino que además debe hacerlo porque es su deber en la guerra. Se trataba de una conclusión lógica dentro de ese sistema de apartheid que es la división hindú en castas. No resulta, pues, extraño que Heinrich Himmler, el Reichsführer de las SS, sintiera verdadera devoción por el texto. Sin embargo, lo terrible del mensaje no escapó a mentes más sensibles y, poco a poco, el texto fue aumentando hasta dar lugar a una verdadera Upanishad sobre la reencarnación y el culto a Krishna. El resultado, para cualquiera que lo lea sin prejuicios, es la exposición de la terrible secuencia de las reencarnaciones y la enorme dificultad que entraña escapar de ellas. De ahí que los distintos indios que han escrito sobre la Baghavad Gita en la Edad contemporánea – desde Aurobindo a Radakrishnam pasando por el propio Gandhi – hayan intentado darle significados que pudieran digerir paladares occidentales nada dados a creer en la guerra santa o en el culto a un Krishna que quita importancia a que unos primos se den muerte en el combate. El Mahatma, por ejemplo, escribió una espiritualización del relato en el que los ejércitos enemigos eran símbolos de la lucha contra las pasiones y el afán por controlarlas. Semejante interpretación equivaldría a decir que en la Ilíada, Aquiles y Héctor son, en realidad, una alegoría de la lucha entre la carne y el espíritu. Algo ciertamente inverosímil. Releo la Baghavad Gita - ¡en sánscrito, por supuesto! – con relativa frecuencia y no dejo de pasmarme ante la visión tan idealizada – y falsa – que tantos occidentales tienen del hinduismo y de doctrinas como la reencarnación. No cabe esperar algo distinto cuando se desconocen las fuentes originales.







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