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Gone with the wind

17/12/2014
Publicado en Actualidad, Cine
Se recuerdan estos días los setenta y cinco años del estreno en Atlanta, Georgia, de la versión cinematográfica de Lo que el viento se llevó. No es una conmemoración fácil en Estados Unidos porque, desde hace décadas, la película es considerada políticamente más que incorrecta.

A fin de cuentas, los negros que aparecen en la cinta son, como mínimo, serviles o estúpidos; los héroes forman parte del bando confederado y el grupo que se dedica a impartir justicia clandestina y al que pertenece Ashley es ni más ni menos que el Ku Klux Klan aunque no se diga expresamente. Sin embargo, en su día, la película fue contemplada como una reivindicación de la vieja causa que había sido derrotada no porque no derrochara nobleza y caballerosidad sino porque, como señalaba Reth Butler, tenía menos fábricas de armamentos que el Norte. Todos esos aspectos se escaparon, lógicamente, a los españoles que, como mi abuela y mi madre, la vieron en aquellos años, pero también ellos se sintieron cautivados fundamentalmente por dos razones. La primera era que relataba una guerra civil seguida de una famélica posguerra o sea la experiencia de los españoles de los cuarenta y los cincuenta. La segunda, que la heroína se comprometía a no pasar hambre ni ella ni su familia, una meta que inspiró a millones de compatriotas hasta bien entrados los setenta. Daba lo mismo que la acción, en lugar de en Aragón, Andalucía o Extremadura, transcurriera en el lejano Deep South porque los paralelos saltaban a la vista. No creo que Lo que el viento se llevó constituya un libro de referencia de los jóvenes actuales en España, pero sí he visto cómo fascina todavía, por ejemplo, a las veinteañeras rusas. Todas ellas conocieron los terribles años de Yeltsin en que la gente moría literalmente en la calle mientras la nación era saqueada y la administración se colapsaba. En ese contexto, no pocas llegaron a admirar y a identificarse con una indómita Escarlata dispuesta a vivir de nuevo a través de medios no siempre morales. Ahí reside la incomparable grandeza de la novela de Margaret Mitchell llevada a la pantalla grande, en su canto a la posibilidad de salir adelante incluso cuando el mundo que hemos conocido – en nuestro caso, el anterior a ZP - era más próspero y prometedor. Ni siquiera deberíamos sentirnos apenados por el coste de una lucha que, en ocasiones, hasta puede significar la pérdida de seres muy queridos. El viento, ocasionalmente, se lleva todo y entonces, como decía Escarlata, sólo cabe decir: “Mañana será otro día”.







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