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El sortilegio del misterio

18/04/2018
Publicado en Lecturas – y películas – recomendables
Alexandra David-Neel formó de aquel grupo de mujeres inquietas que, desilusionadas con la espiritualidad occidental, decidieron emprender el camino hacia Oriente en un intento de saciar su sed de trascendencia. Los resultados, como en todas las empresas, resultaron diversos.

En algunos casos, terminaron convertidas en farsantes como madame Blavatsky o en ciegas jefas de secta como Annie Besant. Sin embargo, Alexandra David-Neel representó un ejemplo muy diferente. Ciertamente, se desprendió con facilidad de la educación religiosa recibida en un colegio de monjas; ciertamente, viajó al Tíbet; ciertamente, siguió toda su vida refiriéndose a la sabiduría de Extremo Oriente e incluso escribió libros al respecto, pero, por lo que parece, nunca le abandonó una cierta capacidad de análisis sensato de las situaciones. La prueba más clara de ello fue El sortilegio del misterio, un libro en que recogía algunas de sus experiencias en el descenso a las simas del ocultismo. Por sus páginas, desfilan personajes reales que dejan de manifiesto hasta qué punto la Sociedad teosófica no era, en absoluto, digna de confianza; la Gnosis no pasaba de ser un delirio de personajes envanecidos y no pocas veces candidatos al hospital psiquiátrico; los seguidores de los gurúes venidos de la India mostraban una credulidad que apenas distaba de la puesta de manifiesto por los tontos de remate y el espiritismo constituía una majadería integral que, para colmo, resulta física, económica y espiritualmente muy peligrosa. Es posible que ningún autor escéptico haya llegado a tanto a la hora de pulverizar a una serie de grupos esotéricos que recibirían un balón de oxígeno con el nacimiento de la Nueva Era a finales del s. XX. La razón está en que Alexandra David-Neel no era una incrédula ni negaba por sistema lo sobrenatural. Por el contrario, estaba convencida de la realidad de las experiencias espirituales, pero sólo de algunas. Precisamente por ello, era consciente de que la mayoría de los orientalistas eran unos farsantes burdos y descarados; de que los que frecuentaban los círculos ocultistas generalmente necesitaban tratamiento médico y de que la charlatanería – y no el conocimiento oculto – era la mercancía expuesta de manera habitual. Han pasado décadas y no parece que la situación haya cambiado de manera sustancial quizá porque en el misterio, no pocas veces, lo único que se oculta es un sortilegio para embaucar a mentes débiles.







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