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El día que casi fallecí

25/07/2017
Publicado en Memorias
Hace unos años, sufrí una experiencia no precisamente feliz. Me encontraba en una reunión de un consejo de administración, cuando, para sorpresa mía, descubrí que su figura máxima anteponía gustos privados a la buena marcha de la empresa y que, por si fuera poco, el responsable, también máximo, miraba hacia otro lado pese a que unas horas antes me había dicho que procuraría endereza el torcido rumbo de la corporación.

No sé exactamente qué se movió en mi interior, pero, sí puedo decir que, al final de la lamentabilísima reunión, me sentí mal y rogué a mi guardaespaldas – sí, tuve que contar con un guardaespaldas durante casi una década de mi vida en España – me condujera a mi domicilio. Me encontraba ya en casa cuando, al tomarme la presión arterial, descubrí que había subido de forma descomunal. Seguramente, la prudencia hubiera aconsejado que acudiera a urgencias, pero decidí ir a trabajar como todas las tardes. Sólo unos días después, hablando con un par de médicos especialistas – siempre me gusta contar con una segunda opinión – supe que resultaba absolutamente prodigioso que un infarto cerebral no hubiera acabado con mi vida. Uno de ellos incluso me dijo de manera taxativa: “Lo normal después de subir hasta donde subiste es que te quedes allá arriba y no se baje vivo”. Aparte de darle las gracias a Dios por permitirme seguir algunos años más en este mundo, no he dejado de preguntarme durante este tiempo, qué explicación natural existía para que no se hubiera producido mi muerte en aquella triste ocasión. Finalmente, la semana pasada me la dio Pilar Muñoz, una psicóloga que, durante años, ha colaborado conmigo en distintos programas de radio y ahora lo sigue haciendo en La Voz. Al realizar una exposición - la tercera – sobre la estructura cerebral, Pilar Muñoz me señaló que mi cerebro, a diferencia de otros, trabajaba en el cuarto nivel. No entiendan por esto – se lo suplico - que mi masa cerebral es más inteligente o sofisticada. No, la cuestión es que no pocas veces, los seres humanos limitamos los niveles cerebrales en que vivimos nuestra existencia. Nos preocupa lo material, lo cotidiano, lo inmediato. Más allá del trabajo, de pagar las cuentas y de algún otro elemento añadido – quizá incluso el amor a la familia – nada nos interesa. En casos así, con nuestra mente aferrada a los dos primeros niveles del cerebro, una subida de tensión derivada de ciertas impresiones como la que yo experimenté suele tener como resultado el fallecimiento inmediato. Simplemente, lo más relevante de nuestra existencia es golpeado y nuestra vida, que no cuenta con niveles superiores que la inspiren, se extingue. En mi caso, es cierto que desde hace muchísimo tiempo considero otras cuestiones muchísimo más relevantes que el trabajo, la profesión, la proyección social y, por supuesto, el dinero. Precisamente por eso mismo, casi fallecí, pero sólo casi, en lugar de caer fulminado. Aunque nunca lo haya pensado hay cosas infinitamente más importantes que el trabajo, el dinero o la posición. Aunque usted no lo sepa, su cerebro sí lo sabe y esa circunstancia puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.







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