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De aquellos polvos…

20/03/2014
Publicado en Artículos La Razón
Leyendo a veces ciertas columnas de opinión o escuchando ciertas tertulias se podría creer que determinados acontecimientos surgen de la nada igual que los niños – antes – venían de París o aparecían debajo de una col. El escándalo por el referéndum que independiza a Crimea de una Ucrania a la que, históricamente, nunca perteneció y abre el camino para su reintegración en Rusia es un ejemplo más que obvio de lo que señalo.

La Santa Sede y la Unión Europea, especialmente Alemania, contemplaron con enorme agrado el desmembramiento de Yugoslavia especialmente porque comenzó por Croacia. La nueva república balcánica no sólo era católica – durante la segunda guerra mundial fue, de hecho, convertida en un estado católico y genocida perpetrador de un horrible Holocausto – sino que además recordaba la época en que había sido aliada del III Reich. Con el agua bendita del Vaticano y el respaldo económico de una Alemania que la veía como una salida al mar, la independencia fue bienvenida y comenzó un auténtico calvario para la antigua Yugoslavia. Su final, tras matanzas y horrores sin cuento, parece haber llegado con una independencia unilateral de Kosovo que España, a diferencia de la UE, no ha reconocido. Mientras tanto incluso asistimos al arrasamiento de Serbia sin respaldo alguno del derecho internacional y mucho menos de la ONU creando un precedente peligrosísimo. La satisfacción con la que algunos contemplaron el desmembramiento yugoslavo se convirtió en auténtico placer cuando pedazo tras pedazo de territorio se fue desgajando de Rusia. En algún caso, como las repúblicas del Báltico, podía existir cierta lógica para que así sucediera aunque no cabe olvidar que, por ejemplo, la mayoría de la población de Lituania es rusa. Carecía, sin embargo, de ella en otros como Bielorrusia o Ucrania. Sin embargo, muchos aplaudieron el creciente aislamiento de Rusia pese a que chocaba con tratados internacionales como el firmado por Yeltsin, Shushkevich y Kravchuk en 1991 creando una especie de Unión eslava entre las repúblicas de la extinta URSS. No sólo eso. Incluso decidieron que no sería mala idea apuntar con misiles a Rusia - ¡como Jrusshov hizo con Estados Unidos desde Cuba! - a pesar de que la URSS había desaparecido. Los misiles en la Habana apuntando a Miami estaban mal, pero los situados en Polonia en dirección Moscú eran una bendición. Tan contentos estaban todos con hacer y deshacer a su antojo que, de repente, ahora todo el mundo se siente desconcertado ante las consecuencias de sus actos. Sin embargo, las naciones desgajadas de la antigua URSS son, en ocasiones, totalmente artificiales. En el caso de Ucrania, tanto en 2004 como en 2014, el veredicto de las urnas se torció en virtud de algaradas callejeras provocadas por los nacionalistas con ayuda extranjera. Ahora, inesperadamente, ha sucedido lo contrario. Se ha convocado un referéndum en Crimea y la antigua región rusa ha decidido separarse de Ucrania y reintegrarse al lugar de donde nunca debió salir. Ante un comportamiento así, ¿qué autoridad moral tienen la NATO que arrasó Serbia quebrantando las leyes internacionales y la UE que ha aceptado la independencia unilateral de Kosovo? No quiero ofender susceptibilidades, pero me temo que ninguna. ¿Acaso el proceso de disgregación es más tolerable que el de reintegración a una nación de la que nunca se deseó la separación? Pues, desde luego, no fue lo que pensó la UE cuando Alemania se reunificó. Por lo que se refiere a la Santa Sede que tanto aplaudió la independencia de Croacia, esta vez ha optado por un prudente silencio. Guste o no reconocerlo, a esta situación indeseable, hemos llegado porque un día algunos pensaron que desmembrar Yugoslavia o la antigua URSS era una idea genial. ¡Necios! Fueron disparates provocados por la ignorancia de lo que es el mundo tras la Guerra fría o incluso por mala fe. Pues bien, de aquellos polvos, vienen estos tanques.







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