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Cándido o la estafa de RETAR (Capítulo V)

15/02/2016
Publicado en Cándido o la estafa de RETAR
Ya en el pasado, le había llamado la atención a Cándido una conducta peculiar que se repitió en el curso de sus peripecias con RETAR. Se trata de aquellas personas que te avisan del peligro sólo cuando ya has sido víctima del mismo.

Por ejemplo, la novia es un personaje casquivano o el novio es un conocido picaflor, pero jamás previenen al chico – o la chica – que mantiene relaciones con ellos hasta que la infidelidad la conoce ya hasta el tonto del pueblo. Se supone que si uno va a bañarse en un río infectado de caimanes o pretende comenzar a nadar en una playa hasta la que se acercan los tiburones, lo normal es que aquellos que lo vean le avisen del peligro. Sin embargo, Cándido había visto con anterioridad que existe gente que espera a que el escualo se aleje con una pierna entre las fauces o los saurios se hayan llevado una mano para que, cuando la víctima llega exhausta y pálida a la rivera, le digan algo así como “les pasa a todos”. Eso fue exactamente lo que le sucedió a Cándido con RETAR.

Fue saberse cómo había pretendido la ONG quedarse con el dinero del crowdfunding y comenzar a recibir llamadas y correos electrónicos de gente que le decía cosas como “les sucede a todos igual, acaban escarmentados” o “a un amigo nuestro también le estafaron en un proyecto de…” o “bienvenido al club de los engañados por RETAR” o “siempre engañan a la gente y luego tienen la poca vergüenza de hablar mal de ellos” o “todos saben como son”. No, se decía Cándido, desde luego, no todos saben cómo son y la prueba era él que se había enterado demasiado tarde. Pero, aun así, no se irritó por lo tardío de las advertencias porque, gracias a ellas y poco a poco, fue conociendo episodios de la vida de RETAR verdaderamente desasosegantes.

Por ejemplo, se enteró de que había grandes almacenes que les donaban cantidades ingentes de ropa para que con ella vistieran a la gente que, supuestamente, se rehabilitaba en sus centros. Sin embargo, Miguel Díaz había decidido que aquellas prendas se destinaran a la venta para convertirlas en liquido en las cuentas corrientes de RETAR. Naturalmente, aquella acción era una inmoralidad ya que no sólo utilizaban lo que le habían dado con un fin para otro distinto – la misma mentalidad con la que habían pretendido apoderarse de un crowdfunding en el que nadie había donado un céntimo para RETAR – sino que además pisoteaban toda la normativa legal sobre compra venta. También se enteró – y no le sorprendió lo más mínimo – de que los trabajadores no recibían un salario ni se pagaba a la seguridad social e incluso hasta se fingía que no se vendía ya que a la gente que compraba aquella ropa, en lugar de darles un ticket de compra o una factura, se les hacía entrega de un recibo por un donativo. Es verdad que los pantalones o el traje que se llevaban eran más baratos, pero eso sucedía en otros comercios sin que tuvieran la poca vergüenza de pretender que se trataba de una donación para así eludir el pago de impuestos.

Por supuesto, todos los comercios de RETAR – textiles, tiendas de muebles… - y sus negocios – mudanzas, trabajos caseros, etc - seguían la misma regla y lo mismo podía decirse de aquellos trabajadores a los que empleaban, por supuesto, gratis y privados de cualquier derecho social. La comida y el techo como se ha solido dar siempre a esclavos y siervos y algunas prendas para tapar su desnudez… y se acabó.

No era extraño que Miguel Díaz hubiera construido un imperio y que hubiera contado con la liquidez para comprar inmuebles en todos los continentes del planeta. Cualquiera que tuviera a gente trabajando gratis, que no abonara un céntimo de seguros sociales y que no pagara impuestos conseguiría resultados semejantes. También es verdad que, seguramente, habría acabado en la cárcel. Aunque, dicho sea de paso, RETAR todavía estaba inmersa en un pleito con una compañía norteamericana a la que Miguel Díaz, por la módica cantidad de seiscientos mil dólares, le había vendido una emisora de televisión que, lejos de ser legal como había dicho a los compradores, era más pirata que Henry Morgan al asalto de Maracaibo.

Sin embargo, si bien muchos le contaron historias relacionadas con aquellas vías de ingresos, con el proyecto – felizmente fallido – de Miguel Díaz para crear un banco y con aventuras semejantes no caracterizadas precisamente por la honradez, la transparencia o el desinterés, iba a contar Cándido con una fuente privilegiada de información. No fue ésta sino un sujeto peculiar llamado Chani con el que Cándido había mantenido amistad durante años y que durante años había formado parte de la junta directiva de RETAR. La manera en que habían trabado amistad los dos había sido peculiar. Años atrás, un día en que Cándido acudía, en contra de su costumbre habitual, a la presentación de un libro, se le acercó un personaje que le preguntó si era él, Cándido Duval. Le respondió afirmativamente nuestro protagonista y el otro le señaló que un amigo suyo, un viejo erudito que vivía en Jerusalén, le había aconsejado que si llegaba a aquel país buscara a Cándido Duval porque quizá fuera el único que lo pudiera comprender. No conocía Cándido al sabio al que se refería aquel hombre que dijo llamarse Chani, pero sí era cierto que se habían intercambiado algunas misivas y la verdad es que celebró que le tuviera en tanta consideración. En poco tiempos, Cándido y Chani se convirtieron en dos amigos que podían comentar, charlar y debatir sobre cuestiones que muy pocos habrían comprendido y menos apreciado. Y es que ésa es la base de la amistad no pocas veces. Se encuentra a alguien interesado en el cine de Greta Garbo, la poesía de Goethe o el Recreativo de Huelva y ante la rareza de la circunstancia compartida surge la amistad.

Durante años, Chani había trabajado para RETAR. Cuando Cándido lo telefoneó no mostró sorpresa sino que aceptó inmediatamente contarle su experiencia a través de Skype. Hasta entonces Cándido conocía no poco de RETAR, pero, charlando con Chani se percató de que no había terminado de comprender ni de lejos aquel inmenso tinglado. Empezó a hacerlo cuando escuchó a Chani decir: “No pienses que te pagarán nada de lo que te deben. No lo harán. Miguel Díaz tiene una regla que aplica siempre: dólar que entra, dólar que no sale”. A continuación, Chani le fue contando episodio tras episodio de los que había sido testigo en su paso por RETAR. Por ejemplo, aquella vez que Miguel Díaz decidió contratar a un conocido periodista para que se dedicara a conseguir fondos para la ONG y le ofreció el diez por ciento de lo recaudado. El profesional aceptó y, apenas salió de la sala donde tenía lugar la reunión, uno de los miembros de la junta directiva le dijo a Miguel: “¿Te das cuenta de lo que le has prometido a este hombre? Si consigue un millón de dólares, vamos a tener que darle cien mil…”. Entonces, Miguel había respondido con la mayor naturalidad: “ten por seguro que si obtiene un millón de dólares NO le vamos a dar esa cantidad”. Al escuchar el episodio, Cándido se preguntó mentalmente si Miguel Díaz había pensado también lo mismo acerca del crowdfunding y del campus literario, si desde el principio tenía la intención de estafarlo, si no había sido su caso, a fin de cuentas, como el de aquel pobre periodista cuya historia no había escuchado antes. Pero no pudo pensar mucho en ello porque Chani siguió contando episodios.

- “En otra ocasión, organizó un festival de música y se trajo gente de varios países. Apelando a sus sentimientos humanitarios consiguió que rebajaran sus honorarios en un cincuenta por ciento. Los malalojó, les hizo pasar un calor insoportable – me acuerdo de uno que andaba con una toalla enrollada a la cabeza para intentar soportarlo – y cuando acabaron las actuaciones los presionó para que no cobraran nada.

- ¿Cómo? – preguntó Cándido que no había perdido la capacidad de sorpresa.

- Sí, es típico de Miguel – dijo Chani – primero, consigue que aceptes condiciones que nadie aceptaría. Después, intentando conmoverte, intenta quedarse incluso con lo poco que, supuestamente, te iba a dar.

A continuación, le contó el caso de uno de los cantantes que había venido de Miami. Se daba la circunstancia de que Cándido lo conocía y escuchó aquella historia con más interés si cabía. Tras haber aceptado rebajar en la mitad sus honorarios, el artista se encontró con que Miguel Díaz deseaba convencerlo para que dejara todo a RETAR. El hombre había respondido que ya había cedido mucho y que le parecía excesivo.

- Por supuesto – continuó Chani – Miguel se dedica después a hablar mal de los que no le han permitido quedarse con todo. Los acusa de avariciosos, de no ser espirituales, de no comprender lo que es RETAR.

Ahí Cándido reconoció que difería de la opinión de Miguel Díaz. No es que aquella gente no comprendiera lo que era RETAR. Simplemente era que habían comenzado a entenderlo e intentaban salvar algo.

- ¿Y consigue salirse con la suya a menudo? – preguntó Cándido.

- Muchas veces, sí – respondió Chani – La gente renuncia a denunciarlo porque no desea dañar la imagen de las ONGs, porque piensa que, de todas, formas hacen algún bien…

- Y dólar que entra, dólar que no sale… - reflexionó en voz alta Cándido.

- Exacto – asintió Chani.

- ¿Y nunca nadie lo ha plantado cara? – indagó Cándido.

De nuevo, volvió a sonreír Chani picaronamente.

- Sólo los judíos.

- ¿Cómo? – preguntó sorprendido Cándido.

- Verás, Miguel siempre ha deseado poder comunicar su mensaje a los judíos. RETAR compró hace tiempo una casa en Jerusalén que, en realidad, no ha servido para nada aunque salió carísima. Pero como hace con el dinero lo que quiere… En un momento determinado, Miguel se puso en contacto con varios grupos judíos con la intención de que lo escucharan. La respuesta fue terminante.

- ¿Cuál fue?

- Que estaban encantados de recibir las donaciones que les pudiera dar, pero que para enseñar algo les sobraba gente propia.

Cándido reprimió una sonrisa que sabía que podía transformarse en carcajada.

- Imagino que ahí quedó todo…

- Claro – respondió Chani – pero ahí anda la casa de Jerusalén sin utilidad alguna después de costar una millonada y generando gastos.

- ¿Hay manera de saber qué parte del dinero que consigue RETAR va a la gente? – preguntó Cándido.

En el rostro de Chani se dibujó otra mueca burlona antes de responder.

- Hermano – dijo al fin – Eso sólo lo sabe Dios. Miguel no da cuenta a nadie de donde o por qué gasta todo el dinero que recoge. Por ejemplo, hace unos años decidió lanzar sus programas de televisión vía satélite. Nadie, absolutamente nadie, ve esos programas de televisión, pero Miguel no puede renunciar a la vanidad de pensar que lo contemplan en la pantalla pequeña de manera que gasta centenares de miles de dólares sólo en el satélite. La radio no la escucha tampoco casi nadie después de que te fueras, bueno, tampoco la oía antes nadie, pero tiene a su hijo Miguel dirigiéndola de manera que gasta lo que le parece bien en equipos y en otras cuestiones. Y eso por no contarte el dinero que ha costado el conjunto musical de su hija. La pobre nunca va a ser nada en la música, pero tiene el capricho y su padre puede pagarlo con el dinero de RETAR.

Cándido respiró hondo mientras escuchaba aquellas palabras.

- ¿Cuánto crees que puede aguantar todo eso? – preguntó a continuación.

- Ay, hermano – respondió Chani – sólo Dios puede saberlo aunque no creo que dure mucho después de la muerte de Miguel. Su hijo no es muy inteligente. La mujer no tiene la fuerza de Miguel para mantener aquello en pie… y además están los de dentro de la organización que van a intentar apoderarse de ella… Mi impresión es que se dividirán entre ellos, que cada uno intentará quedarse con un pedazo que y lo que no se pueda mantener se vendrá abajo.

- ¿No crees que pueda sobrevivir? – insistió Cándido con un deje de pesar.

- No, no lo creo. Con ese desorden de cuentas…

Más de dos horas estuvo charlando Cándido con Chani que le contó las más diversas anécdotas de los años que había trabajado en RETAR. Cuando se despidió de él, sentía pesar. Era como un arañazo en lo más profundo de su alma, como un puñetazo en el corazón, como una rajadura en el espíritu. Lo más seguro es que Miguel Díaz tuviera buenas intenciones al crear RETAR. Más que posiblemente deseaba en aquel entonces ayudar al prójimo, echarle una mano para que saliera del pozo de la droga, incluso difundir un mensaje espiritual que vendara corazones heridos. Pero de eso hacía ya mucho.

Con el paso del tiempo, los toxicómanos, los alcohólicos, los marginados, los seres humanos en suma e hasta incluso Dios habían quedado relegados en importancia por detrás de RETAR. La organización había sustituido a los hombres y las mujeres e incluso se había convertido en la medida del amor a Dios. Como empezaron a hacer los obispos de Roma en la Edad Media, Miguel Díaz había llegado a la conclusión de que el amor de Dios y al prójimo no eran valores que pudieran ser vividos por si mismos sino que eran sólo legitimados y aceptables en la medida en que se vivieran en la sumisión total a la organización. Esa era – y no Dios – la que otorgaba legitimidades, la que determinaba los santos y la que repartía pasaportes para el cielo. Enfrentarse a ella, aunque sólo fuera señalando acciones intolerables, era ponerse directamente enfrente de Dios. No dejarse desvalijar por ella era dar muestras de avaricia intolerables. No someterse de forma absoluta era alzarse contra el Señor. Por eso, explotar al prójimo, burlar la ley y robar a gente honrada no planteaba problemas de conciencia porque, a fin de cuentas, todo se hacía por Dios representado por RETAR.

Ese argumento – perverso como el corazón de Satanás – había servido durante siglos para crear la Inquisición, para desencadenar las Cruzadas, para perseguir a los judíos, para castrar niños que cantaban en los coros papales, para proteger a clérigos paidófilos y para mil y una aberraciones más. Puesto que la medida del bien no era Dios y Sus enseñanzas sino la organización que pretendía servirlo, en el fondo, nada de lo que hiciera podía estar mal y nadie que se opusiera podía estar en el bien.

Si aquella mutación perversa y, en el fondo, idolátrica, tuvo lugar de repente o si se necesitaron años era algo que Cándido no podía determinar y que, en el fondo, no le importaba. Lo que sabía es que algo que, quizá, fue puro y limpio en el principio se había convertido en un ente marcado por el nepotismo, la pésima administración, la utilización intolerable de fondos, la esclavización de seres humanos, el despojo del dinero ajeno y - lo que era peor - la utilización del nombre de Dios de la misma manera que se utiliza una tarjeta de crédito para sacar dinero de un cajero.

Que no recuperaría su dinero para Cándido resultaba ya una verdad incontrovertible como que el sol sale por la mañana, pero ¿qué sucedería con la mayor parte de su biblioteca guardada en uno de los incontables almacenes de RETAR?

CONTINUARÁ







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