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CÁNDIDO o la estafa de RETAR (Capítulo III)

01/02/2016
Publicado en Cándido o la estafa de RETAR
De Magdaleno Ortiz diría Cándido que había sido su mejor subdirector de programa. Al afirmarlo, no exageraba. Alguno anterior podía haber conocido mejor los vericuetos de la política o de la casa en que trabajaban, pero ninguno se había mostrado tan involucrado con el programa ni tan deseoso de que todo saliera bien.

A decir verdad, en términos generales, los que había tenido con anterioridad, habían mostrado siempre un interés limitado a lo estrictamente laboral. Llegaban, realizaban su trabajo mejor o peor y se marchaban. Por supuesto, no tenían inconveniente alguno en dedicarse a contar a sus superiores – o no superiores – cualquier dato sobre Cándido que les permitiera promocionarse a costa de los principios más elementales. Había existido uno que, justo después de leer el boletín de noticias que iba detrás del editorial de Cándido, se encerraba en el despacho de uno de los gerifaltes de la casa para informarle a diario. Fue una historia triste, pero no tanto por la deslealtad como por el hecho de que nunca le pagaron la traición. De hecho, acabó yéndose a trabajar a otro lugar. En ocasiones, incluso en esta vida, se puede tener la sensación de haber contemplado un acto de justicia cósmica.

Magdaleno, desde luego, no se había comportado así y, puesto a trabajar, no había dedicado menos interés que los otros. Pero, por si fuera poco, tuvo un par de ideas relacionadas con la financiación del programa que costeaba totalmente Cándido y por el que Radio Solitaria y RETAR no ponían un céntimo aunque, desde hacía tiempo, se llevaran todo lo que podían.

Magdaleno propuso a Cándido, con el respaldo expreso de Miguel Díaz y la maquinaria de RETAR, convocar un crowdfunding cuyos fondos irían a financiar los gastos del programa que Cándido había cubierto hasta entonces. Cándido – que, como decía un amigo, trabajaba tanto que nunca había tenido tiempo para ganar dinero – ni siquiera sabía lo que era el crowdfunding y se quedó más que agradablemente sorprendido cuando Magdaleno le refirió el mecanismo de suscripción popular. Pero no acabaron ahí las ideas de Magdaleno. Dado que la cantidad inicialmente pensada – treinta mil dólares – no sería suficiente, Magdaleno sugirió a Cándido que celebrara también un campus literario. Así, utilizando el reclamo de su nombre, podría servir para reunir el resto de la cantidad necesaria. De manera generosa y desinteresada, RETAR ofrecería su infraestructura operativa – en especial un hotel – con lo que, por una vez, aportaría a aquella empresa algo que le costara.

Aceptó Cándido, sorprendido. Tan abrumado se hallaba porque, por primera vez, RETAR manifestara un interés real por la financiación del programa que fuera más allá de las huecas palabras de Miguel Díaz, que no pensó Cándido en la necesidad de firmar un contrato. A decir verdad, Cándido había creído siempre en el valor insuperable de la palabra dada. Por dos razones. La primera es que pensaba que la gente decente respeta sus compromisos verbales y la segunda, que sabía que no hay notario, escritura ni apostilla que pueda obligar a cumplir con su palabra a los estafadores, ladrones y defraudadores que hay por el mundo. Como principio, poco habría que objetar a los pensamientos de Cándido, pero como regla de conducta… bueno, abreviemos.

El campus literario planteaba, de entrada, un problema de no poca envergadura. RETAR tenía un hotel, sí, pero situado en la nación de origen de Cándido. Que éste pudiera entrar en ella no planteaba especial problema porque las fronteras eran porosas, pero su seguridad posterior era otra cuestión. Durante más de una década, Cándido se había movido continuamente acompañado por un guardaespaldas. No tendría ahora esa posibilidad. ¿Merecía la pena el riesgo? Cándido pensó que sí. Y no se trataba solo de que ansiara volver a contemplar su país. Además había un motivo añadido para correr el riesgo. Se trataba de los padres de Cándido. Vivían todavía, pero no los había visto durante más de año y medio. No podía tampoco correr el riesgo de avisarles de su llegada, pero, con discreción, podía aprovechar aquel campus para verlos.

La idea de volver a pisar las calles de su ciudad natal aunque fuera sólo por unas horas, la de encontrarse y charlar con gente que deseaba escucharlo y la de ver a sus padres no ayudaron a Cándido a protegerse de lo que se iba a desencadenar sobre su cabeza. Y no se puede decir que faltaran los signos premonitorios. Por ejemplo, Daniel Díaz le dijo que RETAR cubriría – como el resto de los gastos – su billete. Quedó sorprendido Cándido de aquella buena nueva, pero no tardó en comprobar que no se correspondía del todo con la realidad. En realidad, RETAR había encontrado una agencia de viaje que estaba dispuesta a asumir un pasaje por una cantidad que apenas habría servido para cubrir los costes de Air Patito. Naturalmente, la agencia comunicó a Cándido que, mediante la percepción de una cantidad adicional por su parte, podría proporcionarle un pasaje decente. Cándido debería haberse percatado de que aquello era otra acción propia de RETAR ya que, tras prometer que asumirían los costes de su pasaje, en realidad, sólo le habían puesto en contacto con un tercero que tampoco cumplía con esa misión. Al fin y a la postre, un billete decente – en segunda clase, añadamos – existió, pero porque el propio Cándido lo pagó de su propio peculio.

Siempre recordaría Cándido aquel viaje – seguramente el último – que realizó a la tierra que lo vio nacer. No debía entrar en contacto con nadie que pudiera conocerlo y lo contara y así se comportó con dos excepciones. La de una persona a la que respetaba profundamente y por la que accedió dirigirse a un auditorio y su antigua ama de llaves a la que necesitaba para ponerse en contacto con sus padres sin llamar la atención. Había sido precisamente esta mujer la que había telefoneado a los padres de Cándido para decirles que tenía que llevarles unos papeles de su hijo. Fue así como les habló desde el teléfono de seguridad, subió las escaleras y llamó a la puerta. Abrió el padre y entonces Cándido lo abrazó. No pudo musitar una sola palabra el anciano que apenas podía creer lo que estaba sucediendo. Cándido le hizo un gesto para que guardara silencio y se dirigió hacia el saloncito donde sabía que estaba su madre. Desde hacía años, la mujer no podía moverse y tenía que pasar el día en una silla hasta que llegaba la hora de dormir y, con ayuda y enorme dificultad, lograba desplazarse hasta el dormitorio. Se quedó sorprendida más allá de toda medida al contemplar la silueta de Cándido recortándose contra el umbral. El hijo la sonrió y cubrió la escasa distancia que mediaba entre ambos. Luego la abrazó y entonces la madre, que no terminaba de creer que se convertía en realidad lo que había soñado tantas veces, rompió a llorar. Fue el suyo un llanto enorme, pesado, acumulado desde hacía tiempo. Ahora, tras más de un año y medio, encontraba una ocasión para salir de su pecho y brotaba sin detenerse.

Poco pudo estar Cándido con sus padres aunque les prometió que no saldría del país sin volver a visitarlos. Ahora la primera prioridad era comenzar el campus. Debe reconocerse de entrada que no resulta fácil expresar el remolino de sentimientos encontrados que comenzaron a bullir en el corazón de Cándido al llegar al hotel de RETAR donde tendría lugar. Por un lado, persistía la emoción mal controlada que arrancaba de haber visto a sus padres. Por otro, no más fácil le resultó encontrarse con gente a la que conocía a través de las redes sociales, pero por las que sentía un enorme afecto siquiera por la manera en que participaban en sus foros, llevaban mucho tiempo formulándole preguntas o habían ayudado de manera extraordinaria en la labor del crowdfunding. De buena gana, los habría estrechado a todos contra su pecho, gesto del que se privó porque era contenido en sus expresiones y además no deseaba causar una mala impresión. Por primera vez, en mucho, muchísimo tiempo, los compatriotas con los que se encontraba no le daban malas noticias, lo interrogaban o hacían oídos sordos a sus palabras como si fuera una nube que se dedicara a soltar agua. No. Aquellas personas le hablaban, le saludaban con cariño y respeto, le indicaban que se sentían felices de poder acudir a aquel campus y no le mentían. Bastaba para saberlo el enterarse de que alguno de los presentes había vendido su automóvil para poder costearse el campus, que no pocos de ellos habían sido colaboradores – en algunos casos más que destacados – en el crowdfunding, que algunos habían cambiado sus vacaciones para poder asistir y que fueron bastante los que acudieron con libros de Cándido para que se los dedicara. Incluso se dio el caso de un matrimonio asistente que se trajo a un familiar con minusvalía porque era la única manera de poder acudir al campus. En más de una ocasión, Cándido tuvo que realizar un verdadero esfuerzo porque al conocer a aquellas gentes, al charlar con ellos en los descansos o durante las comidas, al compartir mil y un temas, sintió que se le humedecían los ojos por una emoción casi irrefrenable.

Sin embargo, durante la semana escasa que duró el campus literario, aquellas sensaciones que lo afectaban hasta lo más profundo del corazón no pudieron evitar que comprobara la llamativa desorganización que había en el hotel. El primer día, el encargado - ¿cómo llamarlo si no? – con el que se había encontrado nada más llegar era un hombre mayor, con un aspecto de borderline más acusado incluso que el de Dani Díaz y con una voluntad nada oculta de no atenderlo lo más mínimo. Cuando Cándido señaló que internet no funcionaba y que resultaba indispensable para el trabajo, aquel hombre puso cara de sentirse molesto, muy molesto, insoportablemente molesto, salió de detrás del mostrador de recepción y se marchó dejándolo con la palabra en la boca. Tan atónito se quedó nuestro protagonista que ni siquiera acertó a seguirlo.

Fue precisamente aquel mismo día cuando hizo acto de presencia Magdaleno Ortiz. A Cándido le dio mucha alegría el encontrarse por primera vez con su subdirector. Lo abrazó con afecto y le señaló la satisfacción inmensa que le ocasionaba verlo. Magdaleno era un personaje notable. Alto, de pelo negro, encorvado, con dientes salidos, comunicaba una sensación de bonhomía similar a la que Cándido había percibido, sin verlo, durante los meses anteriores. El campus se había iniciado.

Narrar lo que sucedió en el campus daría para un libro y el que escribe ahora confiesa su incapacidad para alargar tanto el relato. No obstante, todo se podría resumir en una frase: sólo salió bien aquello en lo que no participó RETAR. Sin ánimo de ser exhaustivos, podríamos dar algunos datos que expliquen tan rotunda afirmación. De entrada, por ejemplo, el horario y la agenda no se respetaron ni por casualidad. Se trataba de algo parecido a esos chistes que relatan las diferencias entre el infierno español y el alemán. Nada sucedía de acuerdo a los programas entregados a los participantes. Es verdad que, al cabo de unos días, la agenda volvió a cambiarse, pero no por ello se cumplió más. Salvo excepciones como las conferencias de Cándido, ni el taller literario de Rosario Fernández López, una de las colaboradoras de años de Cándido, ni las proyecciones ni las excursiones ni prácticamente nada se ajustó a lo anunciado.

Por supuesto, Cándido intentaba poner orden, pero descubrió desolado que Magdaleno ni siquiera llevaba teléfono móvil con lo cual comunicarse con él no pocas veces constituía una imposibilidad total. Para colmo de males, cuando refirió a Miguel Díaz y a su hijo Daniel lo que sucedía sólo recibió gestos de fastidio que parecían indicar un mensaje consistente, sobre poco más o menos, en: “así somos nosotros y no sé cómo te permites molestar por algo que salta a la vista”. Porque cierto era que saltaba a la vista, pero eso era lo intolerable ya que la gente había pagado una cantidad nada desdeñable por aquellos días.

Y no acabaron ahí las cuitas de Cándido y de los participantes en el campus. Por ejemplo, el autobús destinado a los traslados se reveló como un verdadero desastre. Su conductor actuaba como le venía en gana y, en una de las ocasiones, Cándido creyó que la gente caería asfixiada en su interior por puro efecto del calor. Así sucedió precisamente el día en que Magdaleno tuvo la ocurrencia de citarlos a la entrada de un edificio por razones que nunca terminó Cándido de entender. Supuestamente, primero se detendrían allí para una exposición de uno de los participantes y luego se dirigirían a un restaurante especial. No sólo el autobús llegó más que retrasado y la exposición ante la fachada hubo que suspenderla sino que, al entrar en el vehículo, Cándido tuvo la sensación de que penetraba en una angosta cámara de gas. Irritado, preguntó al conductor por el aire acondicionado y éste le dijo que no funcionaba con el mismo desapego con que podía haber dicho que eran las tres y cuarto. Cándido se dirigió entonces a la mitad del vehículo y abrió una claraboya que había en el techo. Aún así sintió un temor explicable a que alguien se desmayara o se pusiera a vomitar en aquel horno.

Para colmo de males, la persona encargada de dar la exposición comenzó a entonarla mientras iba señalando al conductor que se detuviera en los lugares que le fuera indicando. Nunca había sido el fuerte de Cándido los números, pero no tardó en percatarse de que si se seguían aquellas instrucciones la comida del mediodía la iban a hacer los presentes a las 8 de la noche, supuesto, claro está, que no se hubieran muerto antes en el interior del autobús por falta de oxígeno. Nada dispuesto a bromas, Cándido ordenó al conductor que no se detuviera y que continuara directo al restaurante. El expositor si quería seguir hablando que lo hiciera mientras iban de camino.

Fue un trayecto largo, asfixiante y evitable. Sin embargo, el restaurante era bueno. En su interior, Díaz junior le contó a Cándido que ya tenían todo el dinero del crowdfunding y que se lo enviarían a la semana siguiente. Era buena noticia, pero no sirvió para que Cándido dejara de pensar que los asistentes al campus habrían renunciado a la visita al restaurante aunque sólo fuera por evitarse aquel traslado cercano al punto de ebullición que fue seguido por una vuelta no más grata. Y si sólo hubiera sido eso…

Por ejemplo, otro día realizaron una excursión a una bellísima ciudad cercana al hotel donde se encontraban y de la que, por pura casualidad, era natural Rosario. Esos recuerdos que merece la pena recordar toda una vida se fueron acumulando con el paso de las horas. Todo fue delicadamente hermoso, bueno, todo menos la presencia del suegro de Dani Díaz que se empeñó en acompañar a la gente por la ciudad hablando de los mayas. Entendámonos, aquel señor no sabía de los mayas más que de física nuclear, pero, desde hacía décadas, se había empeñado en que era un descendiente de la notable etnia indígena a pesar de su aspecto blanco y rubicundo. Gente así la hay en todas partes sólo que no siempre les da por los mayas. Hay quien se empeña en que pertenece a la raza aria, quien se cree que desciende de los judíos y quien afirma que es negro a pesar de que su piel sea blanca como el papel. Ignora el autor de las líneas por qué nombre se conoce este especial trastorno psicológico. Sí puede decir, por el contrario, que el suegro de Daniel Díaz no tenía la menor idea de lo que hablaba, atribuía a los topónimos un significado caprichoso y, sin duda, podría haberse dedicado a actividades más útiles. Esa circunstancia explica que Cándido se negara a acompañarlo mientras derramaba sus peculiares ideas sobre los asistentes. Se conocía Cándido y estaba convencido de que, en algún momento, acabaría corrigiéndolo y no era cuestión de señalarle un error nuevo cada pocos segundos. Prudentemente, pues, se mantuvo al margen.

Como si en RETAR se dedicaran a buscar molestias para arrojarlas sobre los demás, a mitad del campus Magdaleno informó a Cándido de que el fin de semana los asistentes tendrían que abandonar el hotel. La razón aducida fue que RETAR tenía comprometidos esos dos días con otra gente. No obstante, no había que preocuparse porque podrían desplazarse a otro hotel situado en distinta ciudad. No acertó Cándido a comprender cómo se podía producir semejante eventualidad. Hacía meses que el campus venía preparándose y ahora se madrugaban con aquello. ¿Cómo era posible comprometer las plazas de un hotel a dos partes a la vez? ¿Tan incompetentes eran? Y, sin embargo, aquel cambio fue para mejor porque el nuevo hotel era más barato que el de RETAR y, a diferencia de éste, sí que era moderno, contaba con un wifi en condiciones y el servicio era digno de tal nombre. En otras palabras, se ganó con el cambio. No puede decirse lo mismo de otro cambio, el que Magdaleno realizó en la tarde destinada al teatro. La propuesta inicial de Cándido hubiera sido mejor. Con todo, lo peor de aquel chaparrón de trastornos, fue, a juicio de Cándido, la intervención, impuesta sin más motivos que el por qué sí, de Miguel Díaz.

Habían pensado Cándido y Magdaleno que, aparte del excelente taller literario que dirigió Rosario y de las exposiciones de Cándido, se podría invitar a otras personas para dar conferencias aisladas. Fue entonces cuando Magdaleno – bien es verdad que con un tono de voz más bajo de lo habitual – le dijo a Cándido que Miguel Díaz debía dar alguna conferencia y participar en algún panel o, en su defecto, coloquio. No veía Cándido donde podía encajar el fundador de RETAR y así se lo expuso a Magdaleno. Sin embargo, pronto le resultó obvio que Magdaleno actuaba obedeciendo órdenes y que no existía alternativa al sí. Al final, como salomónica solución, decidieron que Díaz hablaría de literatura espiritual, cuestión que a Magdaleno le parecía justificada y que a Cándido lo sumía en una profunda perplejidad porque ignoraba lo que podría saber al respecto el fundador de RETAR.

La exposición de Miguel Díaz estuvo precedida por su aparición en el almuerzo, ocasión que aprovechó para sentarse en la misma mesa que Cándido y flanqueado por uno de sus lugartenientes cuya esposa constituía un ejemplo extraordinario de fecundidad ya que ella solita se había acercado a dar a luz los hijos que Jacob tuvo, pero no de una sola mujer sino de dos esposas y dos concubinas.

Se mostró más que complacido Miguel Díaz por lo bien que estaba desarrollándose el campus. La cultura y RETAR eran dos universos que no se cruzaban jamás y tuvo la sensación Miguel de que el ver a aquella gente le causaba un placer especial. Mientras no dejaba de echarse pimientos rojos en el plato – a Cándido le llamó la atención aquella querencia casi desatada por la colorida y sabrosa verdura – Miguel Díaz comenzó a contarle las últimas operaciones inmobiliarias que había llevado a cabo en otras partes del mundo y las perspectivas que se abrían ante el éxito del campus. Lo primero llamó mucho la atención de Cándido que había esperado – cándidamente, claro – que Miguel se refiriera a la gente a la que ayudaba RETAR, a la manera en que su situación había mejorado, incluso a la acción de la Providencia en esa labor. Sin embargo, de nada de eso habló Díaz que se dedicó a insistir en que Cándido debía celebrar más campus como aquel en los distintos hoteles que había ido comprando a precio de saldo RETAR en varios continentes. Se dijo Cándido que la idea podía ser buena, siempre, claro está, que el servicio fuera en condiciones. Incluso cometió la osadía de señalárselo así a Miguel, pero éste, con un gesto de la mano que parecía destinado a espantar una mosca imaginaria, desechó las palabras de Cándido. RETAR no se paraba en esas menudencias. Es más, su obra era lo suficientemente relevante como para pasar por alto semejantes circunstancias e incluso mencionarlas.

Creía, por el contrario, Cándido que, precisamente, por ser RETAR lo que decía ser, esos aspectos no debían descuidarse y no debían descuidarse no sólo por que sí eran importantes sino porque estaban relacionados con unos seres humanos de los que Miguel Díaz no hablaba, pero cuyas vidas no podían resumirse en unos números, en unas cifras, en unos negocios. Dirigió una mirada apenada Cándido a Miguel mientras éste ordenaba a uno de los camareros que le metiera pimientos rojos en una tartera para llevárselos. Poco podía imaginar lo que sucedería en la hora siguiente.

La pregunta que se había planteado Cándido acerca de lo que podía saber Miguel Díaz de literatura espiritual quedó respondida apenas a los cinco minutos de comenzar su exposición. Con horror creciente, Cándido descubrió que, saber lo que se dice saber, no sabía nada. Se sintió Cándido tan avergonzado de que se sometiera a la gente a aquel atropellado rosario de despropósitos evidentes que, levantándose del lugar donde estaba, se sentó detrás de una columna con doble intención, la de que su mirada espantada no se cruzara con la de Miguel Díaz y la de no ver los rostros de los asistentes del campus que, con toda seguridad, debían estar padeciendo lo indecible. Y es que la conferencia de Miguel Díaz nada enseñó sobre la literatura espiritual, pero sí que lo hizo y no poco sobre las interioridades personales del que la pronunciaba.

Miguel Díaz relató con innegable ampulosidad su frustrada carrera artística – más bien los intentos malogrados de iniciarla – y sus presuntos aportes a la literatura espiritual. como si se tratara de un autor importante fue narrando una vida que no le importaba a nadie lo que fue sembrando un creciente desasosiego en el alma de Cándido que no terminaba de creerse, invadido por la vergüenza ajena, todo lo que estaba escuchando. Cuando Díaz incluso hizo referencia a la inspiración del Espíritu Santo, Cándido sintió un vehemente deseo de que se abriera la tierra y se lo tragara evitándole escuchar dislates semejantes.

Como era de esperar, los asistentes no formularon preguntas a Díaz, quizá porque se hallaban sometidos al mismo estupor que Cándido o quizá porque era difícil saber qué decir tras tan peregrina exposición. Se dio, pues, por concluido el acto y todos se precipitaron para la salida. Fue precisamente entonces cuando Magdaleno anunció que, en cinco minutos, todos debían regresar a la sala para asistir a un debate entre Miguel Díaz y Cándido. No era éste persona que se precipitara en sus acciones, pero, al escuchar a Magdaleno, saltó de su asiento como empujado por un resorte. Cubrió acelerado la distancia que lo separaba de Magdaleno y, con tono que no admitía dudas, dijo: “No va a haber ningún debate”. Magdaleno abrió los ojos sorprendido por lo que acababa de escuchar. Incluso despegó los labios, pero antes de que pudiera articular palabra alguna, Cándido le espetó: “La gente está muy cansada y, en una hora, van a escuchar un programa de radio”. De nuevo boqueó Magdaleno, pero no se atrevió a llevarle la contraria lo que conduce al narrador de esta verdadera historia a pensar que el rostro de Cándido debía rezumar elocuencia.

Cándido no recordaría después hacia donde se dirigió, pero sí le constaba que no se despidió de Miguel Díaz. Más tarde llegaría a saber que el fundador de RETAR se había preguntado si es que Cándido lo había evitado. Ciertamente, así había sido.

Y a pesar de todo… a pesar de todo, el campus fue, desde muchos puntos de vista, un éxito. No sólo eso. Hubo momentos en que Cándido tuvo que realizar enormes esfuerzos para impedir que las lágrimas le saltaran a los ojos. Sucedió así, por ejemplo, cuando uno de los asistentes, persona educada y culta al que acompañaba su agradable y gentil esposa, sugirió la posibilidad de acercarse hasta una casa donde había vivido uno de los poetas patrios fallecido en el exilio. Se trató de una visita modesta, sin alharacas, limitada a que aquel hombre sensible leyera algunos de los versos del escritor, pero Cándido no pudo evitar pensar que quizá aquella sería la última vez que pasearía por las calles de su patria y que quizá también exhalaría su último aliento en el extranjero. Peor se sintió cuando contempló a un par de números de aquella casa, otra placa conmemorativa dedicada a una mujer que había dedicado su vida a la interpretación y cuya carrera, ya segada por la muerte, se enredaba con los recuerdos infantiles de Cándido. Aquella mención modesta – no eran muy dados en su país a honrar a los conciudadanos ni siquiera después de muertos – acentuó aún más la emoción que experimentaba porque, de repente, se percató de lo rápido que había pasado su existencia sin que tuviera la sensación de haber hecho todo lo que habría deseado por los demás.

Llegó así al final del campus con una sensación totalmente agridulce. Dulce porque los asistentes se habían manifestado como gente amante de la cultura, sensibles, educados, amables y, sobre todo, cercanos. Agria porque las condiciones del campus habían dejado mucho que desear a pesar de lo que habían pagado. Dulce porque había contemplado, quizá por última vez, las calles de una ciudad que amaba hasta lo más profundo de su corazón. Agria porque al despedirse de sus padres no sabía si sería la última vez que los vería. Dulce porque se había percatado, una vez más, de cómo era posible que la gente disfrutara profundamente gracias a recursos tan sencillos como revisitar a un clásico, dar un paseo por el campo o sencillamente charlar. Agria porque ignoraba cuándo los vería de nuevo. Dulce porque había conocido en persona a Magdaleno. Agria porque le parecía lamentable la gestión de RETAR, intolerablemente carente de profesionalidad y, sobre todo, de respeto hacia las necesidades del prójimo.

La última noche del campus, tras pagar el taller de redacción a Rosario con dinero de su bolsillo, se sumió en una reflexión que no se desprendería de él durante los días siguientes y que tenía como centro a RETAR y a su gente. Ciertamente, había metabolizado tanta dejadez como habían padecido todos durante aquella semana, pero, por encima de cualquier sensación o sentimiento, no podía evitar experimentar una profunda compasión. Sentía compasión por los empleados de RETAR que, quizá, no eran un ejemplo de diligencia, pero de los que se esperaba que realizaran su labor sin cobrar un céntimo y recibiendo, como si fueran esclavos, sólo la comida y el techo. Sentía compasión por Magdaleno Ortiz porque, a pesar de sus limitaciones, de creer que el único futuro de la Humanidad estaba en encerrarse en comunas agrícolas, de ir sin teléfono móvil, era una persona no exenta de cualidades, que podía llevar a cabo un buen trabajo y que, sin embargo, como si fuera un esclavo, sería incapaz de iniciar una nueva vida fuera de RETAR. Sentía compasión por Daniel Díaz porque era obvio que no estaba capacitado para las tareas que se le habían encomendado, pero, como si fuera un esclavo, nunca sería capaz de escapar de RETAR le gustara o no por la sencilla razón de que no había sido educado para vivir como un hombre libre. Incluso sentía compasión, una inmensa, enorme, desmedida compasión por Miguel Díaz porque era el más esclavo de todos. Sus frustraciones juveniles se habían canalizado hacia una organización que había sido fundada por él, pero que, a la vez, era su amo más despiadado. Dentro de ella, era señor absoluto de vidas y haciendas, pero fuera… ah, fuera no era absolutamente nada. Y, encadenado a su creación, tenía que empujarla como si fuera un carro cargado de pedruscos porque ya no tenía vida ni existencia aparte de los negocios, de las especulaciones, de las actividades de RETAR. Cándido llegó así a la conclusión de que, por un acto peculiar de justicia cósmica, Miguel, siendo el gran señor al que nadie se atrevía a contradecir, era, a fin de cuentas, el máximo esclavo. Sin embargo, Cándido, abrumado al contemplar aquellas vidas y al sentir piedad por ellas, pasaba por alto un aspecto no poco relevante y es que puede existir gente que sea digna de la más profunda compasión, pero eso no significa ni que sean buenos ni que resulten inocentes.

CONTINUARÁ







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